En Traducción e interpretación: Estudios, perspectivas y enseñanzas. Dedicado a los profesores Beverly Rising y Christopher Waddington. José Manuel Sáenz Rotko, coord. Madrid, UPCO, 2012.
En el siglo XVI español, en La Mancha, había barberos que tenían en casa libros en italiano. Así se deduce de la escena del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote, cuando el cura y el barbero repasan los libros del hidalgo y encuentran un ejemplar del Orlando furioso de Ariosto. “Pues yo le tengo en italiano –dice entonces el barbero-; mas no le entiendo” (I, 6, p. 114).[1] En el capítulo 1 el barbero maese Nicolás ya había demostrado que conocía bien la materia de los libros de caballerías y apreciaba en lo que vale la fibra moral de los héroes del género: entre don Galaor y su hermano Amadís de Gaula se queda con el primero, porque “no era caballero melindroso ni tan llorón como su hermano” (I, 1, p. 73). Ahora, durante el escrutinio, manifiesta su interés por leer un clásico de la lengua italiana que tal vez llegó a su casa como pago de algún servicio a un extranjero, o a un español que volvía de Italia.
Territorio estratégico siempre, por ser de paso obligado en las comunicaciones de Madrid con el Sur y el Levante español, La Mancha alberga a burgueses a los que la circulación del dinero, los adelantos técnicos (como la imprenta), la movilidad geográfica y la movilidad social han abierto un horizonte muy ancho, inconcebible años antes. El barbero, de profesión liberal, curioso, interesado por las novedades, evidentemente atraído por el prestigio cultural de Italia, resulta una figura moderna.
La crítica de la traducción
El cura, su compañero y mentor en la escena del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote, le replica de inmediato: “Ni aun fuera bien que vos le entendiérades” (I, 6, p. 114). En el capítulo 1 Cervantes ha tratado con ironía al cura, al llamarlo “hombre docto, graduado en Sigüenza” (I, 1, p. 73). Ahora el personaje reclama sus derechos. Aunque no sea ese el asunto tratado, la actitud no se puede dejar de relacionar la exclamación del sacerdote manchego con la prohibición de la traducción de la Biblia, la existencia en la España del siglo XVI de una opinión deseosa de acceder por su cuenta a las Sagradas Escrituras y la voluntad de la Iglesia de católica de controlar la difusión del texto sagrado.[2] Aunque sin que se llegue a producir un enfrentamiento, y sin una toma de partido por parte de Cervantes, en estas dos réplicas va aludido y sintetizado el núcleo de un conflicto social y cultural de largo alcance. La demanda expresada por maese Nicolás, y el mercado que se vislumbra tras la curiosidad que manifiesta, pueden quedar bloqueados, al menos en parte, por la actitud del cura, que se siente autorizado para decirle a su amigo, en este caso un inferior en la jerarquía social, lo que puede o no puede leer según un criterio moral sobre el que el barbero se abstiene de manifestar ninguna opinión.
La respuesta a la demanda puesta de manifiesto por el barbero aparecerá mucho más tarde, en la segunda parte de la novela, cuando Don Quijote visite una imprenta barcelonesa. Como es natural, Don Quijote se apresura a entrar en ella aunque, en vez de una descripción de la fábrica de los sueños del personaje, se nos presenta una discusión del hidalgo con un “autor” de libros, que está allí ocupado en la edición de uno que ha trasladado del italiano, de título Le bagatele.
Hasta hoy nadie ha podido relacionar Le bagatele con un libro concreto por lo que resulta una invención de Cervantes. Su “autor” va bien vestido, como corresponde a quien vive en un mundo urbano, impersonal. La obra que se dispone a publicar ha debido de tener éxito en Italia. Lo mismo espera, sin duda, que ocurra en España. Tanto como “autor” es empresario y está editando el libro a su costa, confiado en una demanda que le hará ganar dinero. Por ahora, la oportunidad de negocio que ha localizado proporciona trabajo al dueño y a los empleados de la imprenta. También es traductor, lo que hoy llamaríamos adaptador, como impusieron los usos de la traducción hasta el siglo XX. Muchas páginas después del primer intercambio de opiniones sobre la traducción, entre el cura y el barbero, aquí está el personaje que, gracias a su sentido de la oportunidad, a la circulación del dinero, a la circulación de la información y a los nuevos medios técnicos, permitirá el barbero acceder a los textos italianos traducidos, tal vez incluso al Orlando furioso en castellano.
Como es bien sabido, y para desgracia de los traductores, el “autor” de la imprenta de Barcelona resulta ser de los pocos personajes íntegramente antipáticos de todo el Quijote. Desde el primer momento, y al parecer sólo por “su muy buen talle y parecer y (de) alguna gravedad”, el hidalgo le manifiesta una animadversión completa, inapelable (II, 62, p. 518). Don Quijote le somete a un interrogatorio humillante sobre sus capacidades profesionales, al que el “autor” responde sin inmutarse: al fin y al cabo, ¿quién sabe si no llegará el día en que Don Quijote compre la obra? La acritud del hidalgo le lleva a decir luego, en tono algo reivindicativo, que publica la obra por puro afán de lucro, sin cuidarse ni poco ni mucho de la reputación: “Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras; provecho quiero; que sin él no vale un cuatrín la buena fama” (II, 62, p. 52). Pocas cosas pueden molestar más al hidalgo que este desprecio de la “reputación”. En este punto, Don Quijote, tan arcaizante, evoca la posición del cura en la escena del expurgo… de su propia biblioteca.
Valoración de la traducción
La valoración negativa, sin paliativo alguno, que al hidalgo le merece el oficio la traducción, y en consecuencia el oficio de traductor, aparece con toda claridad en los sarcasmos que ensarta delante del “autor” de Le bagatale: “Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen” (II, 62, p. 519). El desprecio de Don Quijote responde a un lugar común de una época que desconfiaba de los traductores, como ha señalado Ruiz Casanova.[3] Como es natural, desde muy temprano esta condena tuvo respuesta entre los traductores españoles, tan abundantes en el siglo XVI y que tanto habían hecho por poner a disposición de sus compatriotas el caudal de saber escrito en otras lenguas.
La discusión ha ido aumentado con los años, en particular con el acceso de la traducción a los estudios superiores. No parece haber consuelo para quienes ven su profesión tan maltratada por el más prestigioso y el más generoso de los escritores. Aun así, la condena es clara y, como bien apuntó Clemencín en su momento y más tarde José Ramón Trujillo en su análisis histórico y sociológico, quien habla por boca de Don Quijote es, sin el menor rastro de duda, Cervantes.[4] Como se ha apuntado en multitud de ocasiones, el “autor” de la imprenta de Barcelona está relacionado con otro personaje de la novela, el “primo humanista” que asiste a la aventura de la cueva de Montesinos y que, como su colega traductor, se dedica a recopilar un saber trivial e inútil, sin poner de su parte el menor trabajo y con el solo objeto de ganar dinero. Aun así, el “primo humanista” tiene algo de pícaro, y por tanto de descarado y de simpático, algo que no tiene el frío “autor” de la imprenta.
Tan sólo hay una nota positiva para la valoración del oficio de traductor. Y es que Cervantes, más aún que en el oficio o el ejercicio de la traducción, está pensando en un “autor” fingido que aprovecha el trabajo original de los demás, sin tomar en consideración el esfuerzo que requiere la creación de una obra original. Todo se aclara cuando aparece la segunda parte del Quijote en la versión de Avellaneda, que andan imprimiendo allí mismo: es el autor de esta falsificación quien merece de verdad al menos una parte de los ataques de Cervantes al “autor” de Le bagatele.
Como es de esperar tras esta crítica de los “autores”, “traductores” o no, la valoración de la práctica de la traducción en sí misma no escapa tampoco a la crítica. Después de su reconvención al barbero, el cura critica la traducción de Orlando furioso por el capitán Jerónimo de Urrea, traducción muy difundida en su momento y sobre la cual ha caído –según algunos críticos injustamente- el aplastante peso de la desaprobación de Cervantes.[5] Inmediatamente, el cura declara la imposibilidad de traducir “libros de versos”. “Por mucho cuidado que (los traductores) pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento” (I, 6, p. 114). La consiguiente censura sobre la traducción del libro de Ariosto, como sobre los libros “que tratan destas cosas de Francia” (es decir de tema artúrico) les lleva al limbo de un “pozo seco” y no directamente a la hoguera (I, 6, p. 115). Todo lo cual es aceptado por el barbero, quien “lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo” (1, 6, p. 115). No hace falta más que el giro y la cadencia de la frase para comprender lo que Cervantes insinúa acerca de lo que el barbero piensa de la censura ejercida por su amigo el cura.
El juicio crítico del cura sobre lo que queda implícitamente descrito como el “segundo nacimiento” de una obra, es decir su traducción, se ve ampliado en los comentarios de Don Quijote en la escena de la imprenta. Don Quijote empieza con un interrogatorio al que el “autor” se somete con una paciencia que no tienen con el hidalgo otros personajes de la novela. Con el fin evidente de ponerle en ridículo, Don Quijote le interroga acerca de la traducción de términos sencillos, como “bagatele” o “piñata”, para luego añadir por su cuenta la traducción de palabras como “piace”, “più”, “su” y “giù”. Puesto el asunto en estos términos, no hay discusión posible. Don Quijote se está haciendo eco del debate acerca de la traducción de una lengua romance a otra. El hidalgo, que se precia de saber la lengua toscana, no necesita traducción alguna, pero el pleito lleva mucho tiempo zanjado, como lo ha demostrado el comentario del barbero en la escena del expurgo y lo sabe muy bien el “autor”.
El propio Don Quijote matiza sus palabras acto seguido. Si bien traducir de las “lenguas fáciles” es como quien “traslada o (…) copia un papel de otro papel”, hay otras traducciones que alcanzan una categoría superior, que son las realizadas desde las “las reinas de las lenguas”, la griega y la latina. Es de suponer, por tanto, que la traducción de estas lenguas, por la excelsitud del contenido y por la dificultad que entraña la traslación, conlleva mayor dificultad y resulta más meritorio. De las palabras de Don Quijote se deduce que la traducción del griego y del latín sí que es un trabajo digno de ser elogiado. Las cosas se complican aún más cuando Don Quijote se lanza a una nueva afirmación. Habiendo dejado claro que traducir de las “lenguas fáciles” es como copiar, por ser un ejercicio redundante, ahora dice que el resultado de la traducción de esas mismas lenguas es –según una imagen famosa- como quien mira un tapiz flamenco por el revés, Que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de a haz” (II, 62, p. 519).[6] Como no cabe mayor grado de fidelidad que la copia –que es a lo que se limita el ejercicio de la traducción entre las “lenguas fáciles”-, no se entiende muy bien a qué tipo de traducciones se está refiriendo Don Quijote.
Las inconsistencias en una materia que era de plena actualidad en la reflexión literaria de la época llevan a Don Quijote -y al propio Cervantes- a otros distingos. En el capítulo de la biblioteca de Don Quijote, el cura había dictaminado la imposibilidad de traducir poesía: “(…) por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, (los que quisiesen volver libros de versos en otra lengua) jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.” (I, 6, pp. 114-115). Aunque Don Quijote seguramente compartiría esta afirmación, también salva de su particular expurgo dos traducciones, la del Pastor Fido de Guarini por Cristóbal de Figueroa, y la de la Aminta de Tasso por Juan de Jáuregui, ambos apreciados por Cervantes y este último citado en el Prólogo a las Novelas ejemplares.
Así que a pesar del juicio negativo que la traducción parece merecer en el Quijote, basta con contemplar las cosas desde una perspectiva más amplia para llegar a conclusiones más matizadas. En primer lugar, hay personajes como el barbero que esperan la traducción de algunas obras para poder leerlas: hay por tanto un mercado para la traducción, y esta demanda da pie a una producción que aparece aludida, ya que no descrita, en la escena de la imprenta de Barcelona. En segundo lugar, sí que hay traducciones dignas de respeto y elogio, como son las traducciones de las lenguas clásicas, ya sea por su dificultad o por el interés del contenido. En tercer lugar, y por muy imposible que resulte traducir poesía hay quien ha realizado grandes traducciones de textos poéticos, hasta el punto que, según Don Quijote, en estos trabajos es imposible deducir “cuál es la traducción o cuál el original” (II, 62, p. 529).
Es difícil que en tan pocas líneas como las que Cervantes dedica al asunto quepa una valoración más variada, compleja y matizada de la práctica y el oficio de traductor.
El traductor del Quijote y otros traductores
No se acaba aquí el tema de la traducción, porque hay más personajes traductores en el Quijote. A diferencia de los anteriores, ninguno de ellos genera una reflexión sobre la propia traducción, pero sí que ayudan a comprender la idea que Cervantes tenía de ella y, además, del papel de la traducción en su proyecto moral y estético.
En primer lugar está el célebre “morisco aljamiado”, es decir conocedor y hablante de la lengua castellana, que traduce el Quijote a partir del capítulo 9 de la Primera Parte. Como es bien sabido, el capítulo 8 deja la historia en pleno combate entre el protagonista y el vizcaíno, y el capítulo siguiente se abre con la constatación de que el manuscrito original se ha perdido, por lo que es imposible seguir con el relato … hasta que Cervantes, convertido en personaje de su propia novela, tropieza con unos papeles en el Alcaná de Toledo, los compra a un muchacho por medio real (tal es el precio del Quijote, aunque Cervantes habría llegado a seis reales) y le encarga la traducción al morisco.
El escenario evoca un Toledo todavía poblado por españoles de tradición musulmana. También recuerda el antiguo prestigio que la traducción alcanzó en la ciudad. Probablemente es eso lo que contribuye a explicar el acuerdo al que llegan el traductor y Cervantes acerca del precio y las condiciones de trabajo en la que se realizará la traducción del manuscrito: dos arrobas de pasas (unos 24 kilos) y dos fanegas de trigo (unos cien litros). A esto hay que añadir el mantenimiento del traductor durante mes y medio, que correrá a cargo de Cervantes. En general, se ha juzgado un precio barato, pero Cervantes insiste en que él ofreció “la paga que (el morisco) quisiese” y este “se contentó” con lo dicho (I, 9, p. 143). En una ciudad como Toledo, con tantos traductores como el texto deja suponer que había, los precios se ajustarían a una oferta abundante. El mercado de la traducción trabaja aquí a favor de Cervantes y de nosotros, los futuros lectores, aunque su sofisticación no ha llegado ni de lejos a la de Barcelona.
Como el “autor” de la imprenta de Barcelona, el morisco traductor no lleva nombre. En cambio, ejerce un trabajo artesanal, dedicado a un solo cliente y por el que no cobrará dinero, sino una gratificación en especie. A diferencia del “autor” de Barcelona, tan consciente de sí mismo, el morisco, que no deja de reírse durante toda la escena, rebosa de simpatía cervantina. El morisco traductor y el “autor” de Barcelona proporcionan dos estampas precisas de los cambios que se estaban produciendo en el estatus del traductor (y del autor) en tiempos de Cervantes, o, al menos, de los que se habían producido a lo largo del siglo XVI.
El traductor morisco en una sociedad con rastros de multilingüismo remite a otros dos personajes que aparecerán más tarde, también en la Primera Parte del Quijote, y también en funciones de traductor. Esta vez son renegados cristianos y forman parte de la historia del cautivo, evidente trasunto del Cervantes esclavizado en Argel. El primero, sin nombre, como el traductor morisco del Quijote, es amigo del cautivo protagonista y se encarga de “declarar” en romance, por escrito, “palabra por palabra” y “sin faltar letra”, la carta que el mismo cautivo ha recibido de una misteriosa mujer (I, 40, p. 489). Esta mujer es Zoraida, la hija de otro renegado, llamado Agi Morato, que fue convertida al cristianismo de niña gracias a una esclava y empieza a comunicarse con el cautivo por escrito. La traducción marca por tanto el principio de la aventura. Como es sabido, Zoraida facilita con el dinero de su padre la fuga del cautivo y sus amigos. También ella los acompañará a España para poder practicar libremente su verdadera fe. Aquí aparece el segundo traductor del relato, que no es otro que el propio Agi Morato, el padre de Zoraida, “ladino” que, para su desgracia, servirá de intérprete fiel entre el joven cristiano y su propia hija. En este caso la figura del traductor, o del intérprete, cobra una dimensión trágica: el padre de Zoraida no sabe que está siendo instrumento de la intriga que le llevará a perder a su hija. Cuando lo comprenda ya será tarde y Zoraida, o María, lo abandona en una isla, solo, gritando de rabia y de tristeza. (Entendemos los improperios gracias al renegado primero, que se encarga de traducirlos, como poco antes ha traducido también el tenso diálogo de la hija y su padre.)
En este caso, no es el traductor el “traidor”. En cualquier caso lo sería Zoraida, cuya conducta Cervantes, como tantas otras veces, se abstiene de juzgar. La traducción aparece aquí en un ambiente recurrente en la obra de Cervantes, ya evocado en la caracterización de la ciudad de Toledo. Se caracteriza por la coexistencia de multitud de lenguas distintas. En la novela del Cautivo se hace referencia explícita a la “lengua” que se habla en ese mundo, “en toda la Berbería, y aun en Constantinopla, (lengua que) se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de toda las lenguas, con la cual todos nos entendemos” (I, 61, p. 497). La atmósfera recuerda la del Persiles, la novela de aventuras en la que conviven personajes de muy diversas naciones y lenguas, y donde Cervantes, como en la novela del Cautivo, se esfuerza por especificar en qué lengua habla cada uno y cómo consiguen entenderse, hasta que llega a la escena en la que un poeta de imaginación desbordada intenta convencer (en castellano) a Auristela (o Sigismunda) de que se haga comedianta o farsanta, a lo que la hermosa Auristela responde “que no había entendido palabra de cuantas le había dicho, porque bien se veía que ignoraba la lengua castellana y que, puesto que la supiera, sus pensamientos eran otros, que tenían puesta la mira en otros ejercicios, si no tan agradables, a lo menos más convenientes”.[7]
El portento había llegado todavía más lejos en el Coloquio de los perros, cuando Cipión y Berganza comprueban que hablan, que se entienden, que saben latín e incluso griego, sin contar con que también comprende lo que dicen un tercer personaje, el alférez Campuzano, protagonista del Casamiento engañoso que escuchó la conversación de los perros en el hospital de Valladolid y la trasladó al papel…
En el Quijote, que se desarrolla dentro de unos límites más estrechos de verosimilitud, Cervantes no llegará tan lejos en un asunto que, dentro de su modestia, resulta un elemento importante en su creación narrativa. Aun así, y como era de esperar, el personaje del traductor morisco del Quijote se incorpora a la ficción y se convierte, aunque cada vez más tenuemente, en uno más de los personajes de la obra.
Como es bien sabido, el recurso a un autor de ficción para autorizar la propia invención novelesca es un recurso clásico, intensivamente utilizado por los autores de novelas de caballerías. El propio Don Quijote lo anticipa pronto, en su primera salida, cuando da por seguro que un sabio escribirá la “historia de mis famosos hechos” (I, 2, p. 80). El sabio historiador va introducido poco después, bruscamente y con gran aparato, gracias a la interrupción de la narración ocurrida en pleno combate del protagonista con el vizcaíno. También es sabido que el recurso al historiador servía a los autores de libros de caballerías para dar verosimilitud a sus ficciones. Además de su intención paródica, se ha recordado que la creación de Cervantes es contemporánea de una falsificación histórica, la Historia verdadera del Rey don Rodrigo, compuesta por Albucácim Tárif, una mixtificación de Miguel de Luna, intérprete oficial de árabe de Felipe II.[8] Tal vez la alusión a estos hechos históricos contribuye a explicar por qué Cervantes eligió un “historiador arábigo” y no, como parece más natural, uno cristiano.
Hay otras posibles razones, que veremos pronto. Por ahora, hay que constatar que la introducción de un “primer autor” contribuye, no a autorizar el texto, sino a distanciarlo aún más del espectador: Don Quijote, que hasta ahí soñaba con ver sus hazañas historiadas por un colega de Turpín, resulta ser un héroe libresco, o, al menos, un personaje que ha pasado por el tamiz imaginativo del historiador y cronista Cide Hamete Benengeli. Ruth Snodgrass El Saffar mantiene que en un momento en el que Cervantes empezaba a sentir su criatura más y más próxima, la aparición del primer autor contribuye a la distancia.[9]
La distancia es aún mayor por la índole del personaje. El nombre es, evidentemente, burlesco, como Sancho subraya cuando descubra que su vida ha pasado a ser materia de crónica histórica: un historiador que lleva por nombre Benengeli no resulta muy de fiar. Además, como Cide Hamete escribe en árabe, la distancia sigue creciendo. La tarea de historiador exige documentación y, como escribió Valentín García Yebra, Cide Hamete Benengeli, “autor arábigo y manchego” (I, 23, p. 265), debió consultar y estudiar archivos y otras fuentes históricas.[10] Escribir su obra entraña por tanto la traducción al árabe de este material en bruto. Así que ahora, además de un autor, tenemos una primera fase de traducción. La segunda ya la conocemos, y es la que realiza el “morisco aljamiado” para el “segundo autor”, o Cervantes, que no sabe leer la lengua en que el primer “Quijote” está escrito.
De la primera fase de traducción no se nos dice nada. Va incorporada al proceso de redacción del “original” del Quijote. De la segunda, en cambio, conocemos los detalles que nos proporciona Cervantes, y de los que ya se ha hablado. El principio de inestabilidad introducido por la primera redacción –con traducción incluida- aumenta ahora. Además, es cierto que Cide Hamete es elogiado como cronista serio y minucioso y también lo es que el morisco aljamiado se ha comprometido a traducir el texto árabe “bien, fielmente y con mucha brevedad” (I, 9, p. 143). Ahora bien, aparte de que no tenemos más remedio que fiarnos de su palabra –como hace el propio Cervantes en el capítulo 9 de la primera parte-, resulta que los dos son árabes, “moros” en el vocabulario de la época y, como tal, poco de fiar. Al enterarse de quién es su cronista, Don Quijote queda sumido en la perplejidad, porque “de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas”. Incluso teme “alguna indecencia” en el relato de sus amores con “su señora Dulcinea del Toboso” (II, 3, p. 59),
Cide Hamete va a resultar aún menos fiable que el traductor morisco. Y es que Cervantes, no contento con hacer de Cide Hamete Benengeli el “primer autor” del Quijote, hará de él, como es bien sabido, un personaje de la ficción y lo mismo hará con el traductor. Este no tiene nombre, pero disfruta de una ventaja sobre el “primer autor”: aparece en la historia como un personaje de carne y hueso. A veces se ha hablado de él y de Cide Hamete como de una función narrativa. Puede ser, porque los caminos de la teoría literaria son variados y sorprendentes, tanto como las correrías de Don Quijote y Sancho. Ahora bien, cada vez que aparezca el traductor en la novela, y lo hace en varias ocasiones, el lector puede recordar el simpático morisco aljamiado que al principio de la novela se ríe con la alusión a Dulcinea. Sin la risa del morisco, convertido sobre la marcha en traductor, tal vez Cervantes no se habría interesado por aquellos papeles y no habría habido novela.
El traductor desaparece ahí hasta la Segunda Parte, en el capítulo 5. Por tres veces, ni más ni menos, insiste en que “él tiene por apócrifo (este capítulo) porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía (…)” (II, 5, p. 73)
El prurito de veracidad y la ética profesional demostrada por el traductor en este capítulo no se repiten en su siguiente intervención. Ahora hemos llegado a la casa de don Diego Miranda, al que Don Quijote ha bautizado como el Caballero del Verde Gabán. Vuelve entonces a tomar la palabra el traductor: “Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia; la cual más bien tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.” (II, 18, p. 169)
Con esta intervención tan drástica, el pacto de fidelidad entre el traductor, el “segundo autor” –que es como Cervantes se llama a sí mismo, o al narrador[11]- y el lector queda pulverizado. Esta intervención tal vez sea el germen de otra más tardía, que reflejará el cansancio de Cide Hamete por tener que atenerse a “una historia tan seca y limitada como la de don Quijote” (II, 44, p. 366). En cualquier caso, pone de manifiesto la impaciencia del traductor por la excesiva minuciosidad del “primer autor”, y tal vez quepa ver en ella el eco de la ironía con que Cervantes, a través de Don Quijote y Sancho, trata a esa suerte de santo laico y perfecto erasmista que es don Diego Miranda, siempre ponderado, mesurado y en su sitio, como todo el decorado de una casa tan bien puesta que aburre hasta al traductor. (No así a Sancho, que echará de menos la cocina de don Diego.)
La siguiente intervención del traductor morisco vuelve a reivindicar, en cambio, su profesionalidad. Estamos en el relato de la aventura de Montesinos, y ante la naturaleza de los hechos referidos por Don Quijote, el propio Cide Hamete Benengeli se ve movido a dejar de manifiesto su perplejidad: “Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete estas mismas razones…” Sigue una reflexión en la que el historiador expone que no puede dejar de dar crédito a Don Quijote, “siendo (como es) el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos”. Sin embargo, debe reconocer que lo que cuenta de su estancia en la cueva resulta sumamente inverosímil. Así que “si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más.” (II, 24, p. 223) El traductor, como se ve, no puede mostrar mayor fidelidad al texto original, del que traslada hasta las notas marginales.
La penúltima aparición del traductor llega durante el crucial episodio del retablo de maese Pedro, y más exactamente en el capítulo en que se revela que maese Pedro no es otro que Ginés de Pasamonte, liberado de galeras por Don Quijote en la Primera Parte. El traductor vuelve para puntualizar un aspecto del texto original: “Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este capítulo: ‘Juro como católico cristiano…’: a lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente decir quién era maese Pedro, quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.” (II, 27, p. 249)
La verosimilitud, que es una de las cuestiones que se están ventilando en estas intervenciones, queda otra vez en entredicho. Afecta al propio autor y en el momento preciso en el que afirma su veracidad mediante un signo inapelable. Además, es el traductor el que, movido por su escrupulosidad, se permite salir del limbo al que su función le circunscribe para alertar al lector, es decir al “segundo autor” (que a su vez nos alerta a nosotros, lectores de la historia) de que Cide Hamete Benengeli, el “primer autor”, está incurriendo en una paradoja, una paradoja lógica que el propio traductor resuelve comprensivamente y con amplitud de espíritu. (La misma paradoja afecta al famoso “¡Yo sé quién soy!” de Don Quijote.[12])
Finalmente, la última aparición del traductor se produce con ocasión de la queja ya aludida de Cide Hamete Benengeli acerca de la naturaleza de la historia a la que debe atenerse, que le resulta “seca” y “limitada”, “por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos” (II, 44, p. 366). El traductor interviene aquí para indicar que no ha traducido este capítulo tal como lo escribió Cide Hamete, seguramente por parecerle que la “queja” del autor no era pertinente al curso de la historia. Dicho esto, el “segundo autor”, o el propio traductor se explayan largamente acerca de este asunto, que sirve a Cervantes para puntualizar y responder a las críticas que las novelas intercaladas en la primera parte habían suscitado. La conclusión es la lógica en estas circunstancias, y es que el autor (Cide Hamete Benengeli) “pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir” (II, 44, pp. 366-367) Nunca más que en este caso el traductor ha servido como pretexto para que Cervantes o el “segundo autor” analicen una cuestión, como es la de la digresión narrativa, que siempre le interesó y que afecta a la naturaleza misma de las dos grandes novelas, el Quijote y el Persiles.[13]
Esta última aparición del traductor viene además complicada porque la frase que abre el capítulo se inicia con una alusión imprecisa a unos lectores innominados de la historia: “Dicen que en el propio original desta historia se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito…” (II, 42, p. 366). Esos lectores pueden ser los mismos que critican la falta de consistencia de la primera parte del Quijote. También pueden no serlo. En cualquier caso, con su aparición Cervantes introduce una nueva instancia, y con ella más distancia aún, entre los hechos y la narración que estamos leyendo. Esta vez la naturaleza de ese personaje es imprecisa (¿quiénes son esos que “dicen…”?) y por eso mismo la argumentación resulta difícil de rebatir (es de suponer que esos que “dicen” tienen un conocimiento directo del texto, ajeno por tanto al escrito por el traductor). (Estos lectores impersonales e irrebatibles han aparecido antes, en un momento de extrema idealización, cuando Cervantes describe la amistad de Rocinante con el asno de Sancho Panza: “Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad destos dos pacíficos animales.” (II, 12, p. 123) (El subrayado es mío.)
Esta última aparición del traductor lleva más lejos que nunca ese principio estético y moral cervantino que es dilatar en todo lo posible, mediante la interposición de elementos y personajes, la distancia entre lo relatado y el relato. En este punto, entre la vida de don Quijote y la historia, median Cide Hamete Benengeli (“primer autor” que a su vez ha tenido que tener acceso a la vida de don Quijote mediante otros textos y otros testimonios), el traductor, otros lectores innominados conocedores del original y de la traducción, y el “segundo autor” o Cervantes (si es que Cervantes puede ser considerado el “segundo autor”).
La traducción y el proyecto de Cervantes
En esta disposición narrativa la traducción interviene explícitamente en una ocasión e implícitamente en dos. No hay razones para poner en duda la propiedad de la traducción, que nadie discute nunca, salvo en la última aparición del traductor en boca de los lectores innominados. Hasta ahí la traducción se da por buena. El traductor se ha ganado honradamente sus dos arrobas de pasas y sus dos fanegas de trigo. Incluso ha intervenido para precisar algunos puntos que parecían dudosos y se ha hecho por tanto acreedor del agradecimiento del segundo autor –y del lector- por su profesionalidad.
La traducción en el Quijote no va por tanto relacionada de por sí con la falta de veracidad.[14] No más, al menos, que cualquier otra actividad humana, en particular con aquellas que tenga que ver con el relato o la reconstrucción de la realidad o de lo percibido como tal. El trasladar de una a lengua a otra no es un eslabón más débil que otro en la larga cadena que une la realidad a la fantasía, pasando por el relato, incluido el relato “histórico”. El problema es distinto: ¿qué parte de la realidad humana es aquella sobre la que no se proyecta la fantasía? En el mismo Quijote hay, entre otros mucho, un ejemplo extraordinario de “traducción inversa”, por así decirlo, cuando Sancho Panza, habiendo olvidado el texto de la carta de Don Quijote a Dulcinea, la traslada a la lengua rústica que es la suya. (I, 26,) Anticipa así, en dirección contraria, la escena en la que engaña a su señor presentándole a tres labradoras del Toboso como si fueran Dulcinea encantada, lo que lo convierte en uno de los grandes fabuladores de los muchos que pueblan las páginas del Quijote, es decir casi todos los personajes excepto el cura de los duques, que se niega a participar en la farsa que le preparan al hidalgo, y el muchacho pobre que se va a la guerra (II, 24).
La traducción, como volverá a serlo de otro modo en el Persiles, es en el Quijote uno de los recursos por los que la realidad se nos revela (ya que no puede ser conocida de otro modo, como no podemos leer la historia de don Quijote sin el traductor) y al mismo tiempo se nos aleja sin remedio. Es un recurso modesto pero con alguna importancia. Aumentan su relevancia el mundo en el que vivió Cervantes -de notable riqueza lingüística-, el tipo de literatura que le gustaba -una literatura atenida a la realidad más próxima, pero también idealizadora y cosmopolita- y, claro está, la naturaleza de la propia creación literaria cervantina. La traducción es uno de los instrumentos puestos en juego por Cervantes para poner a prueba su empresa de idealización total de la realidad, que en el Quijote alcanza su momento de crisis y de realización.[15] Y la traducción, aunque modestamente, contribuyó al éxito de Cervantes en esa aventura.
Bibliografía
-Auerbach, Erich, Mimesis. México, 1987, Fondo de Cultura Económica.
-Barnés, Antonio, “Traducción y tradición clásica en el Quijote”, Estudios Clásicos (2010), nº 138, pp. 49-72.
-Castro, Américo, El pensamiento de Cervantes. Barcelona, Noguer, 1973.
-García Yebra, Valentín, “El “Quijote y la traducción”, Panace@, vol. VI, nº 21-22, septiembre-diciembre 2005. http://medtrad.org/panacea/IndiceGeneral/n_21-22_tribuna_GarciaYebra.pdf
-Haley, George, ed., El Quijote, Madrid, Taurus, 1980.
-Moner, Michel “Cervantes y la traducción”, Nueva Revista de Filología Hispánica (NRFH), XXXVIII (1990), nº 2, pp. 513-524.
-Presberg, Charles D., “‘Yo sé quién soy’: Don Quixote, Don Diego de Miranda and the Paradox of Self-Knowledge”, en http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf94/presberg.pdf
-Ruiz Casanova, José Francisco, Aproximación a una historia de la traducción en España, Madrid. Madrid, Cátedra, 2000.
-Snodgrass El Saffar, Ruth. “La unción del narrador ficticio en don Quijote”, en G. Haley (1980: pp. 288-299)
-Spitzer, Leo, “Perspectivismo lingüístico en el Quijote”, en Lingüística e historia literaria. Madrid, Gredos, 1955, pp. 135-187.
-Spitzer, L., “Sobre el significado de Don Quijote”, en G. Haley, ed. (1980: pp. 387-401)
-Trujillo, José Ramón, “La traducción en Cervantes: lengua literaria y conciencia de autoría”, Edad de Oro, XXIII (2004), pp. 161-197.http://cvc.cervantes.es/obref/quijote_antologia/spitzer.htm
-Wardropper, Bruce W., “Don Quijote: ¿Ficción o historia?”, en George Haley, ed., (1980), pp. 237-252.
[1] Todas las citas del
Quijote, según la edición de Luis Andrés Murillo, Madrid, Castalia, 1982.
[2] Para una larga discusión sobre el asunto, Américo Castro (1973: pp. 244-328).
[3] José Francisco Ruiz Casanova (2000: p. 251).
[4] Diego Clemencín, en Cervantes, Don Quijote (1947: nota 65, p. 1884). José Ramón Trujillo (2004).
[5] Francisco José Alcántara (1988), cit. en José Ramón Trujillo (2004: p. 169, nota 37).
[6] Sobre el origen del tópico del “tapiz”, ver, por ejemplo, Valentín García Yebra (2005).
[7] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1997: p. 445)
[8] Bruce W. Wardropper, “Don Quijote: ¿Ficción o historia?”, en George Haley, ed., (1980), p. 249. Según Godoy Alcántara, el escaso salario del traductor del Quijote es un comentario crítico a las sumas gastadas en la falsificación de los famosos libros de plomo del Sacromonte. Ver M. Moner (1990), p. 514.
[9] Ruth Snodgrass El Saffar, en G. Haley (1980: p. 299).
[10] Valentín García Yebra (2005).
[11] El “segundo autor” se introduce en el momento en que se constata la pérdida del manuscrito, al final del capítulo 8 de la Primera Parte (I, 8, p. 137).
[12] Charles D. Presberg, “‘Yo sé quién soy’: Don Quixote, Don Diego de Miranda and the
Paradox of Self-Knowledge”, en http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf94/presberg.pdf.
[13] También Cipión y Berganza están preocupados por este asunto en su coloquio, como queda claro cuando Cipión le reprocha a Berganza que su relato parece “pulpo, según le vas añadiendo colas”. Cervantes, Novelas ejemplares (1987: 268).
[14] Michel Moner insiste en la “imagen poco halagüeña del intérprete, cuya figura, igual que la del traductor, aparece, una vez más, relacionada con el engaño, la trampa y la estafa.” Michel Moner (1990: p. 519).
[15] Sobre la naturaleza de este proyecto, relacionado con la afirmación al mismo tiempo del arte y la religión cristiana, Leo Spitzer (1955) y en Haley, G., ed. (1980). Sobre la afirmación de la realidad en el Quijote, Erich Auerbach (1987: pp. 314-339)