Nueva edición en: Biblioteca Online, 2013/ Comprar en Amazon
La primera edición de esta Vida de Manuel Azaña data de 1990. Coincidía aquel año con la celebración del 50 aniversario de la muerte del protagonista, y el autor se encontraba bajo la fascinación del personaje y de su obra, en particular de su obra escrita. Las ediciones sucesivas, en Planeta en 1998 y luego en Libros Libres, en 2007, registraron un cambio de perspectiva. La figura de Azaña fue perdiendo su atractivo para convertirse en algo más parecido a lo que sus críticos, de su tiempo y del nuestro, han ido presentando.
Además, los nuevos estudios sobre el personaje, sobre la política republicana y sobre la Guerra Civil han permitido revisar muchas cosas. Así se llega a esta edición definitiva en Biblioteca Online. Ahora bien, nada de todo eso ha hecho variar el núcleo del asunto. El juicio sobre la política de Azaña no debería impedirnos evaluar en sus justos términos la importancia de la obra y del personaje.
Republicanismo
Está, en primer lugar, el republicanismo, del que Azaña llegó a ser el símbolo vivo. La República ha venido ocupando un lugar marginal en la política española. Las razones de esta posición se rastrean con claridad en la elaboración conceptual que Azaña hizo del republicanismo. Para su teoría de la república, se inspiró de los ideólogos franceses: las virtudes ciudadanas, el pacto, el bien común. Hasta ahí, todo resulta razonable. Con esos mimbres, Azaña, como Castelar o como sus admirados franceses de la III République, podía haberse convertido en el paladín de una república conservadora. Su sensibilidad, su carácter, su universo intelectual, su propio legado familiar le llevaban naturalmente a esa posición.
No fue así. La República según Azaña acabó siendo, como en 1873, un régimen revolucionario, identificado con posiciones de izquierda radical. Esa república significaba, y significa, la exclusión del poder y de la vida civil de todo el que no comulgue con esa posición. Fue la República para los republicanos, el régimen del 14 de abril. La política de la exclusión tenía sus raíces en el radicalismo del siglo XIX. Era peligrosa de por sí. Lo fue mucho más en un mundo abierto y en trance de convertirse a la democracia. El radicalismo de las elites dejaría paso entonces al de la manipulación de las masas, sin contrapesos políticos ni morales. Fue así como Azaña, hombre de tertulia ateneísta, criado en un ambiente y en una tradición liberal, se creyó el caudillo de las multitudes españolas… Como es natural, quienes sabían de verdad, y no mediante la creación literaria, de multitudes y caudillismo jugaron una partida bien distinta. Después del naufragio, Azaña se empeñó en seguir en la Presidencia de la República. Lo que quizás fuera un gesto bien intencionado contribuyó a que lo que quedaba del régimen cayera en manos de los comunistas. Desde Moscú, Stalin jugó con la República como con un juguete roto y determinó la suerte de nuestro país con una guerra que era para él una maniobra de diversión, de propaganda.
El republicanismo no sobrevivió a las consecuencias de esa política. Sólo en los últimos años se le ha visto levantar cabeza, otra vez como la expresión de un deseo radical y saturado de intransigencia. Sigue siendo una posición minoritaria, aunque vino impulsada desde el gobierno socialista entre 2004 y 2011. Las razones de la supervivencia de este proyecto son diversas, aunque hay una que no se debe olvidar. Del descrédito del republicanismo en los años 30 no se dedujo una revisión de lo ocurrido. Azaña como modelo ideológico o de acción quedaron descartados, pero su reflexión de fondo acerca del significado de su posición continúa vigente.
Crítica del liberalismo
Esta reflexión ha configurado la visión que los españoles tenían de su historia política, la sigue conformando hoy en día y lo seguirá haciendo, con toda seguridad, durante mucho tiempo. Azaña, efectivamente, culminó la crítica del siglo XIX español: del liberalismo y del régimen constitucional en nuestro país. El liberalismo español fue un fracaso, como quedó demostrado en el 98 y en la incapacidad de la Monarquía constitucional para democratizarse. Lo fue –sigue fabulando esta narrativa- porque el liberalismo no llevó hasta el final la revolución que inició en el año 1812 y luego en la década de 1830. A partir de ahí el liberalismo se moderó y de esa templanza, de ese acomodo a las circunstancias, nacieron los muchos males de nuestra patria. El propio Azaña y su República estaban llamados a rectificar aquella desviación y reponer las cosas en sus justos términos.
Esta fabulación, tan bien construida, tan potente, se vio reforzada por el radicalismo esteticista de Giner de los Ríos y sus discípulos, que triunfaron con la Segudna República, y por el relato mítico del socialismo español. Aquí el socialismo hizo suya la tradición progresista y nunca -ni siquiera en la década de 1980- ha hecho suyos los presupuestos de diálogo y tolerancia que en otros países europeos dieron lugar a la socialdemocracia. Así que la crítica sin matices del liberalismo realizada por Azaña en su obra literaria, y plasmada en sus decisiones políticas, sigue siendo la historia oficial de nuestro país, la que se les cuenta a los estudiantes de todas las edades y aquella sobre la que se construye la visión de España que mantienen y transmiten las instituciones.
Nacionalismo español
El fracaso no se acaba en el liberalismo y afecta al propio concepto de España. Medido según el patrón republicano, que en España ha sido de inspiración francesa, nuestro país sólo admite una definición: la de un desastre. Los españoles no sólo fracasamos a la hora de hacer la revolución que habría conseguido instaurar un auténtico régimen liberal –y no la “falsificación” propia del régimen alfonsino o canovista. También fracasamos a la hora de construir la nación española. Es comprensible: pocas cosas más alejadas del ideal francés, jacobino y nacionalista, que España, con su diversidad lingüística y cultural, su pluralismo, el peso de las tradiciones, la fuerza de los poderes locales y la evidencia de la identidad nacional, ante la cual cualquier nacionalismo resulta un postizo sin entidad propia.
De forma consecuente con esa mentalidad, Azaña, al mismo tiempo que proponía un régimen que cumpliera por fin la revolución sin hacer, se empeñó en levantar una España nueva. La Segunda República permitió visualizar esta nueva España, radicalmente distinta de la anterior, en símbolos, formas sociales y acciones políticas que se querían inéditas. La instauración de la ciudadanía española requería la ruptura y la exclusión, y eso fue lo que intentó. Este nacionalismo español, bien plasmado en la obra literaria y política de Azaña, recoge una larga tradición que se remonta hasta los debates de la Constitución del año 12. Resurgió luego con ocasión de las crisis políticas, y adquiere por fin verosimilitud tras lo ocurrido en los últimos años del siglo XIX, una crisis de la conciencia occidental a la que los españoles nos empeñamos en otorgarle un carácter exclusivamente local: la crisis del 98, el “Desastre”.
Todo esto habría requerido fuerzas bastante mayores de las que tenían Azaña y sus aliados. El nacionalismo español y republicano de Azaña quedó desacreditado después de la Guerra Civil, y más aún cuando el régimen de Franco exaltó una España ideal y unánime, tan inexistente y excluyente como la otra. Ha sobrevivido, en cambio, el gesto previo a la propuesta, que es, como siempre en el nacionalismo, la negación de la existencia de la nación, en esta ocasión la española. El “Desastre”, no digamos ya la Guerra Civil, demostraban que la nación, en España, carece de vigencia. Una de las naciones más antiguas del mundo, con una continuidad histórica de milenios y una identidad cultural reconocible como pocas, no existe… Ente las muchas y extraordinarias paradojas a la que esta posición nos ha conducido está el intento de construir una democracia liberal, en forma de Monarquía parlamentaria además, sin idea nacional que la sustente.
La poética republicana
Azaña contribuyó a forjar este legado, aunque no fue el único en hacerlo. Lo propio de Azaña es el esfuerzo que realizó para convertirse él mismo en el modelo vivo de esa propuesta política y nacionalista. Desde 1910, cuando se refugia en Alcalá de Henares y abandona su carrera profesional en la elite (liberal) madrileña, Azaña construirá su personaje como la encarnación misma del nuevo liberalismo y, poco a poco, de la nueva España nacionalista que se esfuerza entonces –con poco éxito- por proponer a sus compatriotas.
En este punto no hay distinción entre la literatura y la política. Todo forma parte de una misma empresa, la creación de un personaje que se va adaptando a la circunstancia para representar un ideal moral, político y estético.
Así es como Azaña va encarnando uno tras otros sus diversos papeles: el joven rebelde que se alza contra el establishment liberal (en El jardín de los frailes y en Fresdeval), el republicano puro (bajo la dictadura de Primo de Rivera), la República excluyente y de izquierdas (durante los primeros años de la República y con el Frente Popular), la esencia misma de la República y el mártir del auténtico republicanismo y de la nación española, ahora eterna y atemporal, durante la Guerra Civil. Ni siquiera los últimos gestos dejarán de servir a esta empresa. La dimisión de la Presidencia, en vez de ser un fracaso, pasará a ser la exaltación final de una conducta que se pretende modélica.
Se puede llamar poética republicana a este esfuerzo en la que todo quedó puesto al servicio de este personaje que representaba lo que Azaña quiso ser.
Azaña, sin embargo, no era tan ingenuo como para creer él mismo el personaje que iba elaborando. La teorización del ejército como nación en armas y el republicanismo como ideología sufrieron un duro revés después de la Gran Guerra, con las revelaciones de lo ocurrido durante la contienda y los resultados de las elecciones francesas de 1918, que contradijeron la filosofía republicana de la Historia que se había hecho. El republicanismo sublime expresado en los textos y los discursos de los años veinte y al inicio de la Segunda República tropezaron con la constatación de la fragilidad de la coalición política y de la base social que sustentaba la revolución. Azaña no creyó nunca en el Frente Popular. Tampoco prestaba el menor crédito al gobierno que él mismo presidió en febrero de 1936, ni al gobierno que encargó a sus compañeros de partido cuando accedió a la Presidencia de la República. Estaba convencido que la República se había terminado en el verano del 36, cuando se desplomó la legalidad republicana. Dio por perdida la guerra desde el otoño de ese mismo año. Y aunque al principio parece engañarse sobre las consecuencias de la salida del gobierno de Largo Caballero y la llegada de Negrín, pronto se da cuenta que el régimen republicano, y él mismo, han quedado en las manos del Partido Comunista.
La obsesiva dedicación a la literatura autobiográfica –diarios, memorias, libros de recuerdos y crítica literaria- permite ver cómo se va construyendo el personaje y, al mismo tiempo, cómo se adapta a la situación y hasta dónde llega la confianza del artista en su criatura.
Un “sabor a ceniza”… Así describe el protagonista de El jardín de los frailes los recuerdos de sus años en El Escorial, donde pasó su primera adolescencia. Es también lo que parece quedar de una vida y de una obra que conoció triunfos de primera importancia que llevaron a fracasos monumentales y que estaban además corroídos por la falta de convicción, por no decir falta de fe, de quien los protagonizaba. Azaña resulta ser un fruto acabado de la crisis occidental de finales del siglo XIX y principios del XX, un nihilista que, como él mismo dijo, se aferró a la creación de sí mismo como a una tabla de salvación en un naufragio. Durante la Guerra Civil, en el Preliminar de La velada en Benicarló, confesó que en ese tiempo había llegado a tocar “el fondo de la nada”.
Entre el personaje de dimensión casi sobrehumana fruto de la poética republicana y el ser humano que intenta adaptarse a su propia creación media un espacio incierto, mudable, difícil de calibrar en sus consecuencias personales y en su calidad moral. No he intentado hacerlo y, en cambio, sí he tratado de poner ante el lector el conjunto de datos que permiten entrever el conflicto interior. Azaña llevó a cabo sobre sí mismo -su historia, su familia, su carácter, sus gustos, incluso sus propensiones sentimentales- un gigantesco esfuerzo de distorsión para adaptarse al ideal. De aquello resultó un desastre mayor que el del 98. Desde esta perspectiva, los sufrimientos que él mismo se infligió, desde mucho antes de la Guerra Civil, no son menores que los sufrimientos que su actitud contribuyó a causar a sus compatriotas. Y la violencia que ejerció sobre sí mismo permite asomarse a la que se viene haciendo desde entonces para apuntalar la mixtificación sobre la historia, la cultura y la naturaleza de nuestro país en la que seguimos encerrados.
Esta edición
Esta edición de la Vida de Manuel Azaña incluye el texto revisado y corregido de la biografía. También incluye los siguientes apéndices:
-Introducción a Fresdeval (novela inacabada de Azaña, edición de Enrique de Rivas, Valencia, Pre-Textos, 1987), de José María Marco.
-Entrevista con Azaña sobre sus recuerdos de niño, 1931.
-Discurso ante el primer embajador en España de la URSS, agosto de 1936.
-Transcripción de las cintas telegráficas de las conversaciones mantenidas entre Azaña y Prieto y Martínez Barrio, entre otros, cuando el primero se encontraba asediado en el Palacio de Pedralbes, en Barcelona, durante el enfrentamiento de mayo de 1937.
-Discurso ante el embajador francés, diciembre de 1937.
Comprar en Amazon
Comprar en Biblioteca Online (iBookstore, Google Play)