El nacionalismo español de Manuel Azaña

Cuadernos de pensamiento político, nº 30, abril-junio 2011

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A Manuel Azaña no le habría gustado que le tacharan de nacionalista, menos aún de nacionalista español. Durante su larga etapa de transición entre la juventud y la madurez, un tránsito que se prolongó hasta casi los cincuenta años, Azaña realizó una crítica teórica del nacionalismo, encarnado en el nacionalismo francés. Con este aparato teórico, y con su propia experiencia española, también llevó a cabo una crítica del nacionalismo español. Al mismo tiempo elaboró una propuesta ideológico-política en el que se avanzaba la necesidad de construir la nación española, inexistente hasta ahí. ¿Cabe proyecto más nacionalista?

La propuesta estaba lastrada por varios problemas. Uno era la conciencia que Azaña tenía del pasado cultural español, de la densidad misma de la palabra España: es difícil conciliar esta tradición aplastante por su entidad con el proyecto nacionalista de Azaña. Por otra parte, la propuesta azañista, impregnada de ideología como está, permite un máximo pragmatismo político dentro de un límite estricto: lo principal es excluir del poder a los adversarios, tachados de “no republicanos”. A partir de ahí cualquier coalición es admisible, incluso con aquellos que, a su vez, presentan una propuesta nacionalista incompatible con la de Azaña.

El fracaso del proyecto le llevará, ya durante la Guerra Civil, a revalorizar los aspectos tradicionales de un patriotismo que se aleja de su propuesta nacionalista. En circunstancias dramáticas y ante una responsabilidad personal de la que no puede zafarse, ha llegado la hora de apelar a la “patria eterna”, la de todos los españoles.

El nacionalismo francés

Azaña realizó un importante esfuerzo ideológico en su análisis de la formación del ejército republicano francés. Se dedicó a ello en 1918. Eran los años de la Primera Guerra Mundial y Azaña, como es sabido, optó por una posición militantemente proaliada, y más exactamente profrancesa y antigermanófila. Los Estudios de política francesa son el resultado de este esfuerzo. Después iban a venir otros trabajos sobre el laicismo y el sufragio. Los dos quedaron sin escribir. El primer y único volumen es suficientemente significativo y permite comprender la entidad del proyecto. Se articula en dos partes. Una de ellas describe la formación del ejército nacional francés que ha plantado cara a los alemanes en la Gran Guerra. Azaña se remonta a la Revolución de 1789, a 1792 y a 1793, cuando cuajó el primer ejército nacional. Sigue luego la evolución de una formación que realiza el ideal republicano francés: la creación de una nación de ciudadanos conscientes, libres e iguales, dispuestos a sacrificarse por la Patrie. La movilización en masa de 1914 demuestra que el ideal republicano francés ha llegado a buen fin: la república ha logrado crear al fin, y simultáneamente, la nación y el individuo.[1]

El trayecto no ha sido sencillo, y entre los obstáculos con los que ha tropezado el gran ideal están los teóricos -o los ideólogos- del nacionalismo francés, a los que Azaña dedica la otra parte de su trabajo. Están agrupados bajo el epígrafe de “La oposición contrarrevolucionaria”, y precedidos de un apartado en el que Azaña disecciona los “rasgos generales del nacionalismo”. Los personajes de los que habla Azaña son Renan, Taine, Barrès y  Maurras. De los cuatro, Taine y Renan son difíciles de clasificar como “nacionalistas”. Ni siquiera es fácil tildarlos de “contrarrevolucionarios”, en el sentido estricto de la palabra. La elección es, por eso mismo, aún más significativa: lo que no es prorrepublicano, parece sugerir, es antirrepublicano. A pesar de eso Azaña admira la obra de los cuatro autores, incluido Maurice Barrès, con su egolatría y su esteticismo finisecular que tanto influyeron en los escritores españoles jóvenes de aquellos años.

Todo se aclara cuando se comprueban los rasgos que Azaña atribuye al nacionalismo. El nacionalismo viene a ser el contenido de la posición contrarrevolucionaria. Se muestra “”comprensivo”, es decir que cualquier material le vale, lo que contribuye a explicar la inclusión en este apartado de Taine –modelo de conservador, más que de nacionalista- y en particular de Renan, a propósito del cual Azaña empieza a afilar la pluma para el análisis posterior de Juan Valera, espíritu tan fino, liberal y poco demócrata como el francés. [2] En el apartado negativo, el nacionalismo francés combate la revolución, su antihistoricismo y su “espíritu absoluto”. También combate el laicismo, el igualitarismo, el individualismo –más exactamente, su “indisciplina”-, la posibilidad de una justicia universal y el internacionalismo pacífico, así como el “desorden romántico”.[3]

En lo positivo, el “ideal nacionalista” se propone “el mantenimiento y grandeza de la patria francesa, con aquellos caracteres morales y dentro de los límites territoriales que resultan de la tradición histórica, suprema norma”. Los medios son: “la institución monárquica como garantía, el catolicismo como disciplina y como método, la discordia en el exterior, la sólida jerarquía interna y la sumisión del individuo a la cité”.[4] En lo personal, y en referencia directa a Barrès, el nacionalismo es para Azaña una tabla de salvación ante el nihilismo propio de una generación.[5]

Crítica del nacionalismo español

Aunque sin compartirlo, Azaña respeta lo que llama nacionalismo francés. Contribuye a ello la lejanía y el prestigio intelectual de Francia, así como la admiración general que suscitan sus eminencias ideológico-literarias. No ocurre lo mismo en el caso español. En un gesto típico, Azaña no hará el esfuerzo correspondiente ante el pensamiento contrarrevolucionario y nacionalista español. Para Azaña, no existe el carlismo, ni Donoso Cortés, ni la reflexión católica de Menéndez Pelayo ni la literatura conservadora de Fernán caballero, de Palacio Valdés o de Pereda. Detrás del conservadurismo español, el de Cánovas, el de Silvela o el de Maura -al que Azaña dedica un apunte admirativo: cuestión de carácter- tampoco parece haber reflexión intelectual alguna.

El nacionalismo español, que debería ser el núcleo de la posición conservadora española según el análisis de Azaña, se reduce a una parodia, encarnada en unos cuantos sarcasmos sobre la misión nacional católica de España. Azaña despacha el nacionalismo español conservador en textos literarios, como el dedicado al libro del general Berenguer sobre la guerra de Marruecos, que en vez de realizar una crítica basada en la realidad de los hechos, compara el escrito de Berenguer con los textos de los historiadores de las guerras con los moriscos granadinos. A lo sumo, los productos del nacionalismo español formarán parte de una educación sentimental, como la que se cuenta en El jardín de los frailes, centrado en la forma en que el protagonista consiguió librarse de los tópicos del nacionalismo católico español. (Azaña tampoco tiene en cuenta la reflexión sobre España de los progresistas, los republicanos o los federalistas.)

Aun así, Azaña no se ha librado del asunto. Todavía tiene que enfrentarse a otras dos formas de reflexión sobre la historia, la tradición, la cultura española que no pueden por menos de afectar a su propio proyecto. Tampoco aquí se trata tan sólo de una cuestión exclusivamente teórica o intelectual. Se trata de una elaboración ideológica a partir de materiales sentimentales, vitales, a medias históricos y a medias personales, que son los que a Azaña, como buen escritor autobiográfico, lector ávido de Barrès, le atraen por encima de todo.

Se trata, por una parte, del regeneracionismo y la generación del 98 y, por otra, del liberalismo. En cuanto al primero, Azaña ha participado de él en sus años jóvenes, como lo demuestra su conferencia El problema español, de 1911. Aun así, Azaña nunca se sintió cómodo con el regeneracionismo ni con los escritores de la generación del 98. La “revolución desde arriba”, el historicismo, el refugio en soluciones técnicas (“escuela y garbanzos”), la apelación a un caudillo o a un “cirujano de hierro”, son elementos que acaban configurando una posición conservadora y, en el peor de los casos, antipolítica, ajena a la esfera en la que Azaña quiere situarse. El regeneracionismo no es capaz de proponer un programa.

Por su parte, los escritores de lo que hoy llamamos la generación del 98 se esfuerzan, según explica Azaña, en derivar alguna conclusión política del carácter español. Es la posición de Ganivet, que intenta hallar el núcleo imperecedero y virgen de lo español. Azaña insistirá repetidas veces en que es imposible deducir una política del carácter nacional, incluso en el caso poco verosímil de que este carácter se pueda definir. Desde este punto de vista, no hay posible nacionalismo español. Lo que existe sin discusión en Francia no puede existir aquí en España. A Ganivet, parece sugerir Azaña, no le salvó del nihilismo esa tabla de salvación que es el nacionalismo. Cuando se exaspere, Azaña recurrirá al sarcasmo: los españoles en busca de un código político propiamente nacional habremos de reunirnos en corro alrededor de los toros de Guisando, a ver si se nos revelan “nuestra identidad nacional”.[6]

Azaña también ha participado del liberalismo por lo menos tanto como del “vaho sentimental” regeneracionista. Es en estos mismos años, entre 1918 y 1930, cuando Azaña, al mismo tiempo que elabora su ruptura con el último, realiza la crítica del primero. El liberalismo español, viene a decir, se rindió desde muy temprano, ya desde la vuelta de Fernando VII a España, a los militares. A ellos ha fiado desde entonces su salvación. La burguesía español no ha sido nunca radical y en 1923, con el golpe de Estado de Primo de Rivera, recoge los frutos de su apocamiento: ha acabado sometida a los militares.[7] La crítica al liberalismo, que se recoge sobre todo en obras literarias como Fresdeval, los Estudios sobre Juan Valera y la conferencia Tres generaciones del Ateneo, saca la consecuencia de este fracaso: después de 130 años, la nación española, la que planteó la Constitución de 1812, no existe.

Como Azaña no hace ninguna referencia, como no sea muy alusiva (su propio abuelo Gregorio en El jardín de los frailes y en Fresdeval) a los progresistas españoles ni a los republicanos, la reflexión crítica sobre el legado del liberalismo español queda reducida a la obra de los liberales templados y de centro, desde Martínez de la Rosa hasta Sagasta y Melquíades Álvarez, su jefe político en el Partido Reformista de los años 10. Lo fundamental es, sin embargo, que al no existir la nación española, que debía haber sido creada a lo largo del siglo XIX como los republicanos franceses han creado la nación francesa, tampoco existe la ciudadanía española. La literatura regeneracionista, así como algunos coetáneos de Azaña, como Ortega, llegan a conclusiones parecidas, aunque en un plano de reflexión muy distinto.

Nacionalismo republicano

La propuesta política de Azaña consistirá en crear esa nación española que el liberalismo no ha sabido crear. El proyecto es estrictamente republicano. Partiendo de la constatación negativa –la nación española no existe- habrá que ponerse manos a la obra para conseguir hacer de nuestro país una entidad política formada por ciudadanos conscientes de sus derechos, con capacidad crítica y, al mismo tiempo, dispuestos a aceptar la voluntad superior de todos encarnada en la nación. Azaña remite explícitamente al pacto social de Rousseau: “Todos tienen que combatir por la patria en caso de necesidad, pero, en cambio, ninguno tiene que combatir para sí. Surge, pues, una entidad moral superior, la patria, que no es el territorio, ni el reino, ni la monarquía, ni al religión, ‘sino el Estado libre del que somos miembros y cuyas leyes aseguran nuestras libertades y nuestra felicidad’”.[8]

Como ya se ha dicho, no es probable que Azaña aceptase que esta propuesta fuera calificada de nacionalista. Sin embargo, el proyecto corresponde bien a una de las grandes definiciones del nacionalismo, como es el del proyecto de creación de la nación. Como es bien sabido, el nacionalismo no se deduce de la nación: es un instrumento para inventarla. Es muy distinto, claro está, de aquellas otras doctrinas que el propio Azaña califica de nacionalistas, las que identifican a España con una tradición, una religión y un régimen político. Al contrario, el nacionalismo español de Azaña le permite afirmar, como ha escrito Andrés de Blas, un comienzo nuevo, ajeno a la historia y al peso del Estado español ya existente.[9]

Aun así, no puede por menos de tener en cuenta la dimensión española. Azaña, nacido en Alcalá de Henares y educado en El Escorial, reconocerá una y otra vez esa presencia de lo español en su ánimo, presencia que llega a calificar de “avasalladora”. Intentará incluso describirla en un texto de crítica –estética, como era irremediable-, que cuenta la impresión que le causó el estreno en París del Sombrero de Tres Picos de Manuel de Falla, músico nacionalista: (Su música) “contiene además fortísimas representaciones de raza, que sólo hablan un lenguaje claro a los oídos de quien pertenece a ella. (…) El intelectualismo más soberbio no consigue desnacionalizarnos, en el sentido de hacernos insensibles a esto, que por llamarlo de algún modo (…) llamaremos la voz de la sangre.”[10]

Azaña vuelve al núcleo del nacionalismo contrarrevolucionario, a la raza y a la sangre. La tierra también está ahí, en la evocación del mundo y del pueblo del Quijote. Situado en un punto estético tan alto, tan depurado, no es del todo imposible negociar las emociones patrióticas, o nacionales, con el ideario nacionalista republicano. Si se baja un poco de nivel y se llega al discurso político, la conciliación resulta un poco más ardua, aunque la emoción patriótica puede infundir tonalidades atractivas a un discurso que de por sí tiende a la abstracción racional. Unas veces resulta más artificial y otras más sincero, pero Azaña sabe cómo dotar a su nacionalismo republicano de tonalidades menos frías, menos abstractas: es la vena patriótica de Azaña. En cambio, si se sigue bajando en el registro y se llega a la observación pura y simple de la realidad el intento de hacer malabarismos entre las emociones y las ideas se desbarata lastimosamente.

Es lo que le ocurre a Azaña cuando piensa en la realidad del pueblo español tal como él dice haberlo conocido y tratado. El pueblo en el que Azaña está pensando no es el “pueblo” encuadrado y formado por la tradición republicana, el pueblo consciente de sus derechos y de sus deberes, consciente también de sus tradiciones culturales y del significado de sus instituciones, que es como Azaña gusta de imaginarse que es el pueblo francés. Es un pueblo ajeno al transcurrir histórico, contemporáneo de los personajes del Quijote, la viva encarnación de la España pura y eterna de Giner y los institucionistas, transmutada después en intrahistoria por Unamuno: el pueblo que el fracaso de la nación liberal ha dejado en barbecho y sin cultivar.

La conceptualización de esta España virgen, primordial, es complicada. Tiene valores positivos, como la autenticidad, pero también características inquietantes. No siempre la retórica de la pureza de la raza sublima lo que “la raza” tiene de turbio e incluso de repulsivo. En Azaña se encuentra lo primero, pero prevalece lo segundo, incluso a pesar de todos los esfuerzos estéticos –en este punto la referencia a Cervantes es obsesiva- por adornarlo. En cualquier caso, resulta difícil entender cómo Azaña se puede empeñar una y otra vez en convocar la movilización de lo que él mismo llama los “batallones populares” cuando está seguro, porque él mismo así dice haberlo vivido, que ese pueblo que convoca para una labor de suprema civilización no ha sido ni siquiera tocado por la cultura moderna y vive ajeno a ella…

Cuando llegue la guerra, Azaña intentará explicar lo ocurrido aduciendo que República, repleta de buenas intenciones, liberó fuerzas latentes que ella misma no había creado.[11] Entre estas fuerzas latentes estaba este tirón hacia atrás perpetuo propio  de la sociedad española. Hay algo de nihilista en este gesto de fiar la salvación del propio proyecto a un sujeto en el que no se cree. Azaña repite el gesto característico del nacionalismo, sin fe en la tabla de salvación al que aquellos nacionalistas se habían aferrado.

Nacionalismo y patriotismo

No es este el único problema que plantea el nacionalismo español de Manuel Azaña. ¿Es posible imaginar un nacionalismo sin patriotismo? Pues bien, ese es el intento de Azaña. En 1923 escribe que el patriotismo es la “verdadera religión oficial de nuestro tiempo”, e identifica el patriotismo con la adhesión y la proclamación fanática, porque no reflexiva, a una tradición española de defensa del catolicismo.[12] El desastre del 98 debe ser puesto en relación con la “marea del patriotismo” que anegó España en esos años.[13] No se puede fundar ninguna obra en las “tradiciones españolas”, sino en “las categorías universales humanas”. Subsistirá lo español compatible con ellas.[14]

Ahora bien, Azaña, habiéndose esforzado por descartar de su republicanismo cualquier sospecha de nacionalismo, se ve obligado a buscar alguna forma de relacionar ese mismo republicanismo con la realidad española. De ahí que haga un elogio del patriotismo… a la francesa, un patriotismo desligado de cualquier tradición, de cualquier lealtad histórica. Ese patriotismo es aceptable, porque “no es un código de preceptos, sino una “disposición del ánimo” y al cabo una “virtud cívica”. Esta virtud “sólo alcanza su máxima energía y eficacia en las naciones que se han organizado en democracias y tienen el pleno gobierno de sí mismas”. (I, 150) Tal es el ejemplo del pueblo francés, que combina “la autonomía más completa de cada ciudadano”, “con el ardiente patriotismo que todos vemos”.[15] Jean Jaurès, el líder del socialismo francés, será el que mejor encarne este patriotismo que parece específicamente pensado contra el nacionalismo contrarrevolucionario.

Azaña invoca así un patriotismo español capaz de ir más allá de la propaganda e incluso del mero concepto político. Del hecho nacional, formulado desde esta perspectiva, no se puede deducir ninguna posición política. Y al revés: el nacionalismo consiste en querer apurar en una posición política el concepto de nación o de patria. Azaña, en cambio, se limita a encontrar  inspiración en una patria que está más allá de la política y no se agota en esta. A un comentario sobre Benavente, que se había declarado monárquico por ser español, Azaña contesta que “cualquier patria es más amplia que una forma de gobierno. España es distinta de la república y la monarquía”.[16]

Azaña compatibiliza las dos perspectivas –la republicana y la patriótica- durante la República. La apelación a la fundación de la nación, que echa sus raíces en la reflexión regeneracionista corregida por su nacionalismo republicano, será constante y proporcionará el marco ideológico a la posición radical y revolucionaria de Azaña, que excluye del régimen (y de la nueva nación, por tanto) a todo aquel que no comulgue con el republicanismo tal como lo promulga Azaña. Azaña, en vez de jugar el papel de integrador que se esforzaron por cumplir los republicanos en la Tercera República francesa, se atiene a la intransigencia como piedra de toque del nuevo régimen: quienes no estén dispuestos a darlo todo por la nueva patria que Azaña quiere fundar no formarán parte de ella.

Por otro lado, la República servirá de expresión a esa españolidad que se expresa sobre todo en formas culturales y artísticas. Azaña, como ya he insinuado, logrará infundir en sus discursos esa emoción de sentirse español a la que la República viene a dar cauce. La República, en su máxima expresión, será un régimen nacional. La política republicana es la única “política nacional” posible.[17] La implantación de la República “es una obra nacional”.[18] Y en Madrid, en el campo de Comillas, en 1936, evoca la auténtica religión nacional –el quijotismo, según Unamuno- para evocar la causa de la liberación de la República de los “encantadores y malandrines que la tienen secuestrada”.[19] En sus Diarios, donde construye minuciosamente su propio personaje, Azaña contará cómo “se chapuza” en lo español en sus excursiones a la sierra madrileña, que solía hacer por la tarde, en coche. Ahí se reencuentra con la España eterna del paisaje y, en algún que otro viaje, con la España también eterna de los tipos populares, más o menos cervantinos según la ocasión. Cervantes, efectivamente, será la gran referencia para esta empresa de “mejoramiento” del espíritu español. Azaña cumple así su vocación de artista. La política queda equiparada al arte cuando logra conectar la voluntad –general y abstracta- con la vida interior del verdadero pueblo.

Este patriotismo, transido de esteticismo, no resulta consistente ni resiste el envite de la realidad política. Si esta exige prescindir de él, Azaña lo hace. Así ocurre en 1930, cuando Azaña descubre la realidad política del nacionalismo catalán, que hasta ahí apenas ha tratado alguna vez. (En 1918, con ocasión de un viaje por el País Vasco, había apuntado en su diario: Esto del nacionalismo es como el dominó en Valladolid, un fruto del aburrimiento provincial”[20]) La necesidad de contar con los nacionalistas catalanes (de izquierdas) le lleva a decir, en un discurso en el restaurante Patria (sic) en Barcelona: “Yo no soy patriota. Este vocablo que hace más de un siglo significaba revolución y libertad ha venido a corromperse, y hoy manoseado por la peor gente incluye la acepción más relajada de los intereses públicos y expresa la intransigencia, la intolerancia y la cerrazón mental.”[21] Azaña, eso sí, se proclama “español por los cuatro costados”, aunque eso, dice inmediatamente después, no le impedirá aceptar la autodeterminación de Cataluña llegado el caso.[22]

La alianza entre republicanismo y nacionalismo catalán –además de socialismo- que Azaña propone como gran estrategia republicana se viene abajo tras las intentonas revolucionarias de 1934. Sin embargo, la violencia del episodio, que es al mismo tiempo una de las posibles consecuencias del proyecto azañista y su negación como propuesta pacífica y democrática, no lleva a Azaña a reformular del todo su posición. Ni ensanchamiento de la base política de la República, ni rectificación –al contrario- de la política del bienio.[23] La negativa a cambiar, aun teniendo clara conciencia de lo que la revolución del 34 significaba, recuerda un episodio previo, menor en su trascendencia. Se trata del desmentido que las elecciones legislativas francesas de 1919 dieron a su gran teoría acerca de la irreversibilidad del republicanismo en Francia. Según esta teoría, después de la demostración práctica de republicanismo que habían hecho los franceses al aceptar la movilización nacional en 1914, no cabía vuelta atrás: los franceses seguirían votando a la izquierda. Inmediatamente después de la guerra, votaron a la derecha, y el disgusto de Azaña le llevó a revisar toda su teoría en unos textos amargos. Aun así, no rectificó su pensamiento de fondo, que siguió apegado a los mismos presupuestos que antes. Azaña acabaría proponiendo para su país aquello mismo que él sabía que había fracasado en Francia. Otro tanto ocurrió después de 1934

La patria eterna

La guerra civil sí que introduciría una nueva inflexión. Azaña tiene que tener ahora en cuenta dos hechos. Uno es que –según él mismo- la República dejó de existir desde los días del verano de 1936 en que el Ejército republicano se hundió tras la distribución de armas a los sindicatos: el recién creado “ejército nacional” no es el que había soñado Azaña. Además, a partir de septiembre de 1937, Azaña dará por perdida la guerra, lo que le llevará a intentar promover soluciones diplomáticas al conflicto.

Desaparecida la Segunda República y la legalidad republicana,  es necesario hallar una fuente de legitimidad que vaya más allá de la exaltación de un régimen que ha dejado de existir. Así es como Azaña vuelve a la nación y la patria, poniéndolas ahora por delante de cualquier proyecto político. El nacionalismo republicano se desploma y deja paso a un patriotismo que revitaliza algunas de las sugerencias anteriores y les otorga una nueva dimensión, mal acogida por la censura republicana, copada por los comunistas, que no acepta las referencias a la “nación española”.[24] La España ajena a la República y a la Monarquía vuelve ahora como lo más precioso de todo, aquello que debe ser salvado por encima de cualquier cosa, como el Museo del Prado según uno de los personajes de La velada en Benicarló.[25] España, lejos ya cualquier nacionalismo fundador, se convierte en una “patria eterna” que dice a todos sus hijos “Paz, Piedad y Perdón”.[26] Han vuelto la “tierra y los muertos” del nacionalismo de Maurice Barrès.

La invocación de esta patria compensa la constatación de que el espíritu nacional no tiene vigencia en el ánimo de los españoles. Azaña no se plantea nunca que su proyecto nacionalista, tan flexible en sus alianzas políticas como riguroso a la hora de excluir del régimen al adversario político, tan voluntariamente desconocedor del pasado español al que ha ridiculizado sin compasión, haya podido contribuir a crear las condiciones que justifican, para una parte de la sociedad española, el alzamiento “nacional”. Azaña se contenta ahora con volver desde el nacionalismo republicano fracasado a la inexistencia de la nación. Los españoles habrían vuelto a esta primera situación, y es eso, la no existencia de la nación española, lo que explica la disposición de los españoles a matarse unos a otros.

Según uno de los personajes de La velada en Benicarló, el espíritu nacional se manifiesta de dos maneras. “Se denota en los hábitos, en los gustos, en las efusiones sentimentales, en los cálculos del egoísmo…”. La otra es  “una suerte de código breve, de pocas y sencillas normas, sobre las cuales se admite que toda la nación estará de acuerdo y las respetará”.[27] La guerra ha demostrado que este no existe. Otro personaje, también portavoz de Azaña, discutirá esta conclusión. Ese espíritu nacional sí existe y la guerra es su consecuencia. “El sistema español castizo de comprender y vigorizar la nacionalidad [consiste en que] el disidente no pertenece a ella”.[28] También “tenemos un alma nómada, para complacerse en soledades arrasadas”.[29] Y es que nuestro espíritu es africano o bereber, de aduar, sin arraigo en el pasado, ni siquiera en el territorio. Al final, todo parece reducirse a una cuestión de carácter. Gracias a ella, Azaña convierte un fracaso político -el suyo- en el fracaso de una nación. La patria es más que nunca la tabla de salvación a la que se aferra quien está tocando al fondo de la nada.

Bibliografía

-Azaña, Manuel, Obras Completas. Edición de Juan Marichal, México, Oasis, 1966-1968.

-Blas Guerrero, Andrés de. Tradición republicana y nacionalismo español. Madrid, Tecnos, 1991.

-Blas Guerrero, Andrés de. Escritos sobre nacionalismo. Madrid, Biblioteca Nueva, 2008.

-Contreras, Josep. Azaña y Cataluña. Historia de un desencuentro. Barcelona, Edhasa, 2008.

-Juliá, Santos. Vida y tiempo de Manuel Azaña (1880-1940). Madrid, Taurus, 2008.

-Fox, Inman. La invención de España. Nacionalismo liberal e identidad nacional. Madrid, Cátedra, 1997.

-Marco, José María. La inteligencia republicana. Manuel Azaña 1897-1930. Madrid, Biblioteca Nueva, 1988.

-Marco, José María. Azaña. Una biografía. Madrid, Libros Libres, 2007.

-Salomón Chéliz, M.ª Pilar. “Republicanismo e identidad nacional española”, en Carlos Forcadell, M. ª Pilar Salomón, Ismael Sanz, eds. Discursos de España en el siglo XX, Valencia, PUV, 2009.

-Varela, Javier. La novela de España. Los intelectuales y el problema español. Madrid, Taurus, 1999.

Palabras clave

Azaña – Nacionalismo – República – Republicanismo – Regeneracionismo

Resumen

Azaña desarrolla en su obra una crítica del nacionalismo, identificado con la tradición, la Iglesia católica y la Monarquía. Sin embargo, su obra y su propuesta política son nacionalistas: Azaña aspira a la fundación de la nación española, basada en un pacto inspirado de la doctrina republicana. Efectivamente, la nación española, obra del liberalismo del siglo XIX, no existe. El radicalismo de la propuesta le permite intentar integrar a los nacionalistas catalanes. El fracaso le lleva a recuperar un patriotismo que está más allá de la política, aunque nunca revisó sus postulados.


[1] “La obra maestra de la disciplina francesa consiste en esa creación del individuo”, Estudios de política francesa, en M. Azaña (1966-1968), p. 300. A partir de aquí, O.C.

[2] Ibid., p. 334.

[3] Ibid.

[4] Ibid., pp. 334-335.

[5] “Así, pues, el hombre se abandona a la tradición como quien se tira de cabeza al mar desde el puente de un navío en llamas”, Estudios de política francesa, OC, I, p. 358.

[6] “Una Constitución en busca de autor”, OC, I, p. 487.

[7] “(…) era inevitable que la burguesía española, por no haber sido a su hora, que tal vez pasó para siempre, bastante radical, se viese un día a los pues de sus hijos, tenientes de infantería, y con la burguesía toda la nación”, Tres generaciones del Ateneo, OC, I, p. 625.

[8] Estudios de política francesa, OC III, p. 268.

[9] Andrés de Blas Guerrero (2008), pp. 92-104

[10] “Nota sobre un baile español”, OC I, 217.

[11] La velada en Benicarló, OC, III, p. 412.

[12] Memorial de guerra, OC, I, p. 513.

[13] Tres generaciones del Ateneo, OC, III, p. 628.

[14] Ibid., p. 635.

[15] Los motivos de la germanofilia, OC, I, p. 150.

[16] “La vanidad y la envidia”, OC, I, p. 502.

[17] Discurso 29-09-1930, OC, III, p. 17.

[18] Ibid., p. 15.

[19] Discurso, 20-10-1935, OC, III, p. 269.

[20] Diario de 1918, OC, III, p. 851.

[21] Discurso 27-03-1930, OC, III, p. 574.

[22] Ibid., p. 575.

[23] Contra el “ensanchamiento de la base de la República”, discurso en Mestalla, 26-05-1935, OC, III, pp. 232-233. Contra la rectificación de la política del bienio, discurso en Lasesarre, 14-07-1935, OC, III, p. 267.

[24] La censura republicana mutiló un discurso de Azaña al censurar y cambiar la expresión “paz española, paz nacional”. Ver http://josemariamarco.com/?p=756-

[25] La velada en Benicarló, OC, III, pp. 442-443.

[26] Discurso18-07-1938, OC, III, 378.

[27] Las dos citas en La velada en Benicarló, OC, III, p. 447.

[28] Ibid., p. 453.

[29] Ibid., p. 451.

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