Unamuno. El dolor de España

A Miguel de Unamuno, es bien sabido, le dolía España, y ese dolor español se convirtió pronto en la expresión de una suerte de patriotismo doliente. Da a entender, en muchas ocasiones, que España no está a altura del sufriente. Este expresa a su modo, un poco sesgadamente, su superioridad moral pero también su impotencia, siempre patética, ante la tarea de reformar lo irreformable. Total, que cuando alguien dice que le duele España, como le dolía a Unamuno, nos podemos echar a temblar porque lo que está explicándonos es que se dispone a regenerarnos, pobres españoles degenerados que somos.

Nada más lejos del dolor español de don Miguel. Unamuno, como casi toda la generación del 98, resulta incomprensible sin no se le sitúa en la gran crisis occidental de finales del siglo XIX y principios del XX. Su obsesiva referencia a España, como la de sus compañeros de generación, es una forma de expresar el vacío dejado por los ideales pulverizados de progreso y racionalidad, tan exaltados en el siglo XIX, y que habían sustituido al Dios cristiano como objeto de fe. En todos los países europeos ocurre algo parecido, y en todos se da el repliegue en moldes nacionales ante lo que pareció el hundimiento del mundo. Fueron los años en que apareció el nacionalismo moderno, el nacionalismo como ideología y religión, que tan terribles estragos iba a causar en años posteriores.

El repliegue de Unamuno, su famoso “¡Adentro!” o su consigna de “españolización de Europa” frente a la “europeización de España” preconizada por Ortega, no son por tanto distintos de otros eslóganes parecidos que se escucharon entonces por toda Europa. La España de Unamuno y de sus contemporáneos, como la Cataluña Prat de la Riba, se parece mucho a la Francia del protofascista Maurice Barrès, luego reconvertido al conservadurismo, como algunos de los amigos del escritor español, o a la Alemania de los nacionalistas alemanes. También encontramos en Unamuno la crítica, o mejor dicho la demolición del patriotismo liberal, tan típica de los nacionalistas, que él llevó a cabo en sus ensayos de “En torno al casticismo”.

Lo que sí es original en Unamuno es la transformación de España en el signo de la divinidad perdida. Unamuno dejó de creer en su juventud, cuando estudiaba en Madrid, pero nunca se resignó a la falta de fe. Hizo de España, de la palabra España, el signo vivo de un Dios que se negaba a dejar morir. Así es como Unamuno problematiza lo español y lo convierte en un tormento perpetuo, una pasión, como la de Jesucristo, pero sin límite temporal: le durará lo que le dure la vida. Al mismo tiempo, ese ahondar perpetuo en una realidad que nunca se puede fijar sin traicionarla le lleva a profundizar cada vez más en la verdad “intrahistórica” de España, una verdad que se revela en los animales, en los árboles, en el paisaje y en el pueblo, mucho más que en los acontecimientos políticos, siempre superficiales y traicioneros. También le conducirá a una reapropiación cada vez más intensa del alma de su país desde el único instrumento a su alcance, que es la lengua española, la lengua en la que se escribió la Santa Biblia de nuestra “raza” que es el “Quijote”. Unamuno es, sin duda, de los últimos escritores que alcanzó a expresar de ese modo el alma de su pueblo, que sigue siendo el nuestro.

En nombre de España, de su dolor de español, Unamuno no puede, finalmente, aceptar que una afirmación suya se convierta en doctrina. De ahí su perpetuo batallar contra esto y aquello, contra los “hunos” y contra los otros. Basta que alguien asienta a lo que Unamuno acaba de decir para que el profeta español se vea obligado a negarlo. España siempre está más allá, más lejos, más hondo. Es el fondo de una herida siempre abierta, como las del Señor, que el propio Unamuno tiene que abrir cuando alguien, llevado de un impulso estúpido y blasfemo, se atreve a declararla cerrada. Ante España, no vale más testimonio que el del mártir, adalid de un hipernacionalismo que exalta lo español como nadie lo ha hecho nunca y al tiempo dinamita su expresión civil y política. Ese es el significado del dolor español de Unamuno. Muy lejos, como se ve, de cualquier posible recuperación política.

La Razón, 30-12-16

   

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