Santificación

La casualidad o la Providencia han querido que este año coincidan la Pascua judía y la cristiana. En lo que a mí respecta, ha coincidido la llegada de la Semana Santa con la lectura del Levítico, uno de los cinco libros de la sagrada Torah judía. También es uno de los libros menos populares, sobre todo entre cristianos. Efectivamente, es un texto erizado de mandatos difíciles de entender, en particular los referidos a la alimentación, y de ritos de sacrificio que parecen de otro mundo. (Por si fuera poco, el Levítico no resulta muy amable con las mujeres y es en sus páginas donde se formula la condena de las prácticas homosexuales -18:22 y 20:13-).

 

También conviene recordar que el Levítico es el libro que ordena amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19,18), mandato que para Cristo (Mateo 22:37-40) era el resumen de las Escrituras, junto con el que ordena “amar a Dios” (Deuteronomio 6:5). Este núcleo, que da sentido a la revelación y a la Alianza, se lo da también al libro en el que va formulado, y es así como las exigencias y los ritos de sacrificio, de expiación o de arrepentimiento empiezan a cobrar sentido. No son formalidades vacías. Son fórmulas prácticas de purificación y santificación. Como tales, están destinadas a devolver la pureza y la santidad a los seres humanos, más en particular al pueblo de Israel, elegido por el Señor para dar testimonio suyo en la tierra.

Si desde una perspectiva cristiana, se superpone a las exigencias del Levítico el sacrificio de Jesucristo, el Hijo de Dios, de pronto toda esta ritualidad en apariencia tan vacía y tan lejana nos revela al mismo tiempo lo revolucionario del cristianismo, por lo que tiene de ruptura a veces blasfematoria con la tradición judía, pero también la continuidad entre una y otra fe, tan profunda como que es el Hijo de Dios el que cumple la Ley mosaica. Desde ahí es desde donde Cristo formula la máxima exigencia: “Sed perfectos” (Mateo 5:48) o como dice san Pedro citando el Levítico: “Sed santos” (1 Pedro 1:16).

Las Escrituras insisten en que el Señor no quiere sacrificios, sino un “corazón quebrantado”,  arrepentimiento sincero (Salmo 51, 19). Es en eso donde Cristo centra su mensaje: en la fe y en el amor. Aun así, sin los ritos de purificación y santificación, el cristiano que ahora celebramos y aquellos (judíos) que este último recordó, es difícil encontrar sentido a lo que se pide de nosotros.

 

La Razón, 14-04-16

   

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