Ortega y el nacionalismo: la España invertebrada

(Ver también, sobre la expresión “España invertebrada”, Identidades. España, Europa.)

Berlín, septiembre de 1949. Todavía están presentes las destrucciones provocadas por los bombardeos aliados. La guerra no es un recuerdo. Es una realidad ineludible, como lo es el movimiento que la causó, que no es otro que el nacionalismo. En ese escenario Ortega pronuncia una conferencia que sabe trascendente. Se trata de reflexionar sobre Europa en el corazón mismo, ahora devastado, de lo que él consideraba la esencia de la cultura europea. El texto, titulado Meditación de Europa (De Europa meditatio queadam) será publicado en las Obras Completas.[1]

 

¿Qué es, por tanto, esa Europa de la que habla Ortega? Para Ortega, la sociedad europea se levanta sobre el fondo de la herencia cristiana, romana y griega. La “sociedad europea” –Europa, por tanto- “existe antes que las diversas naciones europeas”.[2] Lo propio de Europa no es esto, sin embargo. Lo propiamente europeo es la invención de la nación como, podemos añadir nosotros, forma de comunidad política. Ninguna otra cultura –o “sociedad”- ha dado lugar a esta creación tan original y tan nueva, que debe tener un pasado del que los nacionales sean conscientes (la propia Europa, el fondo común sobre el que se crean las naciones) y, al mismo tiempo, un futuro específico el de la nación con la que se han de identificar esos mismos nacionales, que es, de por sí y según Ortega, una “forma integral de ser hombre”.

Durante mucho tiempo, la expresión “naciones europeas” fue un pleonasmo. No había más naciones que aquellas a las que había dado lugar el genio europeo. Y al mismo tiempo, Europa no es tal sin las naciones a las que ha dado lugar y de las que depende la supervivencia de su espíritu, porque no hay forma de ser europeo sin ser nacional. Los europeos viven –vivimos- por tanto, en un doble plano. El de nuestra europeidad sobre la cual nos proyectamos sin remedio, porque no sabemos cómo organizar el mundo sin ello, como herederos del legado de Roma, de Grecia, de Jerusalén y del cristianismo. Y el de nuestra nacionalidad, una realidad social más próxima y más densa que nos proporciona una manera de ser que proyectamos al futuro y podemos, por tanto, variar. No siempre a mejor, como demuestra lo ocurrido en vida del propio Ortega.

Efectivamente, es en este punto donde interviene ese “localismo” o particularismo al que Ortega había dedicado numerosas reflexiones antes de las famosas reflexiones realizadas durante el debate en las Cortes del Estatuto de Cataluña. En Meditación de Europea, el localismo es esa tendencia del espíritu nacional que lleva a incidir únicamente en lo que es propio de la nación, hasta el punto de hacer olvidar el fondo común, europeo. El nacionalismo es la rebelión de los nacionales, prendados de lo que les es propio y olvidados de su ser europeos. Se destruye así el “equilibrio europeo”, que es la forma en la que vivimos en los dos planos del pasado y del futuro, de lo común y de lo propio. Ortega habla de su predominio en el siglo XVII y en el siglo XX. Omite, tal vez por resultar evidente, que ese “localismo” es el causante de la destrucción de la ciudad en la que habla en 1947.

Sólo en dos ocasiones Ortega habla de este localismo como de nacionalismo. En una de ellas, el nacionalismo (“catastrófico” como todos los ismos) va definido como la transformación de la conciencia de Nacionalidad [sic] en programa político.[3] En otra se refiere a él de una forma un poco distinta porque sugiere que existen grados o “formas” del nacionalismo, de la que hay una “más ineludible, mesurada y, dijéramos, natural”. Ahora bien, incluso esta forma del “nacionalismo” es “algo sobreañadido y artificioso, no espontáneo, constitutivo y primario”. Efectivamente, la nación es anterior a los nacionales: “La nación no es nosotros, sino que nosotros somos Nación. No la hacemos, ella nos hace, nos constituye, nos da nuestra radical sustancia”.[4] Por eso mismo el individuo, según Ortega, no se preocupa por la nación y cuando lo hace incurre siempre en un artificio. Y tal vez por eso mismo –y después de lo catastrófico del nacionalismo- Ortega preconiza para Europa una organización política que supere la fórmula nacional. La nacionalidad, efectivamente, se ha agotado y “las naciones europeas sólo pueden salvarse si logran superarse a sí mismas como naciones, es decir, si se consigue hacer en ellas vigente la opinión de que la nacionalidad como forma más perfecta de vida colectiva es un anacronismo”.[5]

La afirmación resulta un poco enigmática después de la defensa de las naciones realizada antes, aunque ya en La rebelión de las masas hay referencias a un posible Estado nacional europeo que superaría el localismo de las diversas naciones. ¿Qué sería esta Europa pura, sin las naciones que ella misma ha creado y que constituyen su naturaleza, la única forma de expresión que hasta ahora ha tenido? ¿Acaso no es una traición tan grave como la de las naciones empeñadas en olvidar su condición de europeas? ¿No se rompe así, por el otro lado, el siempre delicado equilibrio europeo que nos constituye a quienes formamos parte de esta sociedad tan compleja? Aparecen aquí algunos de los problemas que caracterizarán mucho más tarde a esta Europa abstracta, desnacionalizada, en cierto modo, y olvidada de lo que ha sido su principal aportación y su naturaleza auténtica.

Sea lo que sea, el motivo principal de Meditación de Europa, y aquel que contribuye a explicar esta idea de una Europa sin naciones, es precisamente la revisión crítica del proceso por el cual el particularismo lleva a las naciones a olvidarse de lo que en su misma constitución les une a las demás (europeas). A 35 años de distancia, esta nueva Meditación lanza una mirada retrospectiva sobre las Meditaciones del Quijote, su primer libro, de 1914. Como buena parte del Ortega de los últimos años, Meditación de Europa es también una reflexión sobre su propia obra y sobre las consecuencias de esta en una realidad de la que Ortega abandonó el diagnóstico periodístico al empezar la Segunda República.

La pregunta sobre la naturaleza de Europa retoma, efectivamente, la que se hacía el joven Ortega en un escenario no menos simbólico que el de Berlín. Entonces fue El Escorial el que escuchó el famoso “Dios mío, ¿qué es España?”. Ahora Ortega recuerda la respuesta que DIO entonces. España, la nación española, es la dimensión el fondo común, también el impulso que da sentido a las diversas perspectivas que en ella se desarrollan y se cruzan. Es la circunstancia que da sentido –también- al yo, y sin cuya salvación, que depende de “mí”- ese mismo “yo” está perdido. La tentación particularista es la forma de acabar con aquello que es común a los nacionales, ya sean personas, regiones o instituciones, y el abismo en el que se destruye aquello que, compartido por todos, les da su verdadero sentido.

Así como en los años previos a 1947 las naciones europeas se han “deseuropeizado” (Ortega no recurre a esta expresión), la España de 1914 ofrecía al joven Ortega la demostración de lo que es la desnacionalización, es decir una realidad de la que se ha sustraído la dimensión nacional. Buena parte de la obra política y de reflexión española del Ortega de esos años estará marcada por esa palabra que es también un programa. Casi todo en España está desnacionalizado. Las provincias y las regiones con ambiciones nacionalistas, obviamente pero también el resto, parasitado por el caciquismo y le localismo: La redención de las provincias (1927-1928) es de hecho una propuesta para nacionalizar lo local y con él España entera, que es un país “no nacional”.[1] También está desnacionalizado el ejército, que en 1917 “perdió un instante por completo la conciencia de que era una parte, y sólo una parte, del todo español”.[2] Están desnacionalizadas los partidos, que no lo son, sino “bandos y cuadrillas”.[3] Lo está el Estado, para cuya nacionalización propuso la creación de un partido nacional, no nacionalista, posibilidad que llegará con la Segunda República.[4] Lo estaba la política, a la que se llamaba nacional pero que sólo era “madrileñismo”, una idea particularista más.[5] Incluso la Corona está desnacionalizada, habiendo dejado de representar y simbolizar la nación, que es lo que le ha llevado a su ruina en 1931, tal como expone con gran aliento retórico en “El error Berenguer”, el famoso artículo de finales de 1930.

De este afán nacionalizador de Ortega se podría haber esperado que surgiera una propuesta que exaltara, o al menos elogiara, las virtualidades políticas de lo español y de España, las de la nación política del liberalismo (no hay otra) y, como invitaba a hacer la propia tradición liberal y constitucional de su país, las de la nación histórica en la que la primera había echado raíces y que ella misma prolongaba, no siempre sin problemas. En otras palabras, se podía esperar que Ortega se volcara en apuntalar y defender esa circunstancia nacional –España- que da sentido a cualquier otra circunstancia, incluida la suya. Ese parecía ser el trabajo de “salvación” que él mismo se había propuesto en las Meditaciones del Quijote.

Ocurrió algo distinto. Ya en 1908, Ortega había reaccionado contra la recuperación del patriotismo propuesta por Antonio Maura como la base política de su proyecto de democratización del sistema liberal. Ortega, que fue siempre un conservador incapaz de aceptar su condición, afirmó que el patriotismo de Maura era algo superado ya desde la crisis del 98, y que sólo cabía un patriotismo crítico despojado de cualquier adherencia sentimental. Ortega vivía entonces bajo la influencia de Giner y el círculo de la Institución Libre de Enseñanza. El antimaurismo radical y sin concesiones de Giner y sus adeptos era político y estético a la vez. Maura, desde esta perspectiva, encarnaba el intento de reanimación de una España vieja, rancia, cochambrosa, el esperpento de la vida europea según la expresión muy posterior de Valle-Inclán. Los institucionistas, en cambio, encarnaban una España nueva, joven, limpia, despojada de todas aquellas emociones inconfesables y turbias, de todo aquel mal gusto castizo en el que se cifraba el patriotismo al modo español.

Azorín, tan absorto en la estética como Giner y sus amigos, incluido Ortega, se dio pronto cuenta del significado de aquella deriva. Sin negar su propia exigencia estilística, dejó de lado las consecuencias políticos que aquellos sacaban del gesto y se alineó con Antonio Maura. Ortega, tan conservador como Maura y Azorín, y fascinado tardíamente por el primero, pero incapaz de zafarse de su inclinación estética, que le garantiza una perfecta distinción generacional y de clase, permaneció fiel a los postulados radicales del institucionismo. Un Azaña conservador podía haber lamentado luego que por no haber apoyado en su momento a Antonio Maura y su proyecto cívico y democrático, Ortega se vio luego obligado a respaldar a Primo de Rivera y a Franco.[6]

Ortega, en consecuencia, continúa la crítica a la “Restauración” que los radicales de la ILE venían haciendo desde los inicios de la Monarquía constitucional y que la crisis del 98 –lo que Ortega había llamado la crisis del patriotismo- amplía hasta convertirlo en la consigna ideológica y política del grupo que aspiraba a liderar. Así es como se llega a las afirmaciones sobre la Monarquía constitucional contenidas en Vieja y nueva política, la conferencia de 1914, como la de que “nuestra bandera tendría que ser esta: ‘la muerte de la Restauración’: ¡Hay que matar bien a los muertos!’” o la no menos célebre según la cual la Restauración era “un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría”.[7]

Por debajo corre una corriente crítica referida no ya al régimen constitucional sino a la propia España, que es el nombre que aquellos críticos con el régimen dan a aquello de lo quieren distinguirse. Es en La España invertebrada donde esta crítica alcanza su clímax, como cuando afirma que “la historia de España entera (…) ha sido la historia de una decadencia”[8]. Ahora bien, el diagnóstico venía de lejos. Fue en 1908 cuando afirmó en una conferencia que “España no existe como nación”.[9]

En España invertebrada, la constatación de los avances de los nacionalismos locales no lleva aparejada una propuesta sobre la nación española. Al revés, Ortega sigue ahondando en la crítica a la nación. Como para dejar bien claras las cosas, el título del volumen remite a una expresión con la que Maurice Barrès diagnosticó la situación de su país, una “Francia disociada y descerebrada”.[10] O tal vez Ortega había incorporado de tal modo la influencia de Barrès a su pensamiento que hacía suya una expresión del inventor del nacionalismo moderno. Y es que la crítica de Barrès a la Tercera República, a la nación republicana, es por lo sustancial idéntica a la que los regeneracionistas españoles, incluidos los regeneracionistas espirituales como los estetas de la ILE y el propio Ortega, dedican a la Monarquía constitucional de su país.

El francés y los españoles participan de un mismo movimiento espiritual. Resulta difícil librarse del zeitgeist, y tal vez eso, además de la lectura juvenil de Barrès y los nacionalistas franceses, explica la coincidencia en los motivos.[11] En uno y otro lado de los Pirineos encontramos la crítica a los regímenes parlamentarios por su falta de representatividad. En los dos se pone en marcha una interpretación según la cual los regímenes políticos parlamentarios traicionan a la nación profunda, a la Francia y la España auténticas. Y en los dos este esquema interpretativo culmina y se sostiene con una crítica a la razón y a la inteligencia, “esa pequeña cosa en la superficie de nosotros mismos”,[12] otra vez según Barrès, que no sirve para explicar la realidad y que, aplicada como lo ha pretendido la modernidad, el liberalismo y los regímenes constitucionales, aboca a una falsificación  o, peor aún, a una utopía disgregadora que acaba, si no se la detiene antes, con la disolución del cuerpo social, la desvertebración de la que habló Ortega o la disociación y “descerebrización” de Barrès. Como es lógico, Barrès y los nacionalistas llegan muy pronto a la exaltación del relativismo, como si hubieran redescubierto y desviado para sus propios fines la tradición pirrónica. Ortega, por su parte, articulará una crítica de la razón universal que está en el fondo de su interpretación de España. La convierte en un modelo de su nueva metafísica perspectivista, que le llevará siempre a la misma dificultad -insalvable: la de la incapacidad de reconstruir, una vez abolida la razón y el deber ser, una forma integradora de comprender la realidad. En su país, Ortega ejerce una función parecida a la que ejerce en Francia Henri Bergson, otro gran pensador, mundano y nacionalista como él.

En los textos de crítica política o cultural de finales de la primera década del siglo XX, será Europa la encargada de cumplir ese papel. España, que es una nación sin construir e incapaz de vertebrarse, debe “europeizarse” si quiere salvarse y salir de su estado de postración y atraso. Son los años de la polémica con Unamuno, cuando la invocación de “Europa” parece indicar un proyecto de modernización para un país que se ha quedado al margen de la modernidad desde la “tibetización” iniciada en el siglo XVII, con su repliegue y su aislamiento. Como es bien sabido, Unamuno propuso la “españolización” de Europa y reivindicó la proximidad a la muerte, tan propiamente española, frente a la “felicidad” que caracteriza a lo europeo.[13] Es fácil simplificar en este terreno, y Ortega quedó de modernizador frente a un Unamuno mostrenco fascinado por el arcaísmo español. La España celestial e intrahistórica de Unamuno se ha opuesto desde entonces al proyecto europeizador de Ortega.

Y sin embargo, las dos posiciones son formas de huir del concepto de nación que la interiorización de los postulados nacionalistas ha arruinado para siempre –en ambos. Unamuno, una vez demolido el patriotismo con En torno al casticismo, hace de España el signo inasequible de un Dios perdido, la nación extraviada. Al lado de un gesto tan desmedido, Ortega parece templado y moderno, casi racional. Ahora bien, frente a lo que se podría llamar una forma de hipernacionalismo que niega la nación–por parte de Unamuno-, Ortega empieza a esbozar una forma de cosmopolitismo que se niega a enfrentarse al problema político de la nación y coloca los problemas de España no en la dimensión nacional, donde no alcanzarían a tener solución por las propias características de la nación española, sino en otro plano, resumido desde entonces en la consigna europeísta. De la ola nacionalista, los dos, Ortega y Unamuno, rescatan la crítica demoledora a la nación, la nación histórica y política del liberalismo, aunque uno preconice el “adentro” y el otro una forma de cosmopolitismo.

Esto ayuda a entender la sugerencia de Ortega en su Meditación de Europa, pronunciada una vez que el nacionalismo culminara su tarea de demolición simultánea de Europa y las naciones europeas, acerca de la necesidad de dejar atrás las naciones. A pesar de toda su larga reflexión acerca de las naciones como la gran creación europea y de todo el esfuerzo por alcanzar un concepto de nación que lo distancie de la pura racionalidad, que es lo propio de la polis, aun entonces, tantos años después de las Meditaciones del Quijote, Ortega es incapaz de superar esa crítica a la nación que arranca del nacionalismo que empezó a arrasar Europa y las naciones europeas a principios de siglo. Desde entonces, y como sabemos, en España se ha venido confundiendo el patriotismo, o la expresión de la lealtad nacional, con el nacionalismo. Entre el nacionalismo y el “europeísmo” –o el cosmopolitismo- no hay nada.

 

Cuadernos de pensamiento político, nº 53, enero 2017

 

[1] La redención de las provincias, O.C., XI, p. 241.

[2] La España invertebrada, Madrid, Espasa-Calpe, 1964, p. 76.

[3] “El cabilismo, teoría conservadora”, en O.C., X, 59.

[4] “Aunque parezca increíble, la grande y urgente tarea que hoy tienen los españoles (…) ante sí consiste en la nacionalización del Estado español”. “Organización de la decencia nacional”, O.C., XI, 272,

[5] La redención de las provincias, O.C., XI, p. 201.

[6] M. Azaña, Tres generaciones del Ateneo, en Obras Completas, México DF, 1966, I, p. 624.

[7] O.C., I, pp. 279 y 280.

[8] España invertebrada, Madrid, Espasa-Calpe, 1964, p. 141.

[9] « Los problemas nacionales y la juventud », O.C., X, p. 107.

[10] M. Barrès, Scènes et doctrines du nationalisme, París, Félix Juven, 1902, p. 101.

[11] González Cuevas ha estudiado la influencia de Barrès en España. Ver, por ejemplo, “Barrès y España”, en http://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/view/4149.

[12] Ibíd., p. 11.

[13] M. de Unamuno, “Sobre la europeización. Arbitrariedades” (1906), Obras Completas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, t. III, p. 1114.

 

[1] Existe una edición reciente del texto, junto con otras versiones posteriores que habían quedado inéditas, en Meditación de Europa y otros ensayos. Madrid, Alianza, 2015. Aquí se cita por la edición de las Obras Completas, t. IX, Madrid, Alianza, 1983.

[2] Meditación de Europa, ed. cit., p. 257.

[3] Ibíd., p, 292.

[4] Las dos citas, ibíd., p, 272.

[5] Ibíd., p. 265. Subrayado en el texto.

   

2Me gusta

Sin comentarios todavía.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


Se ha excedido el tiempo. Por favor, actualice para confirmar.