Gibraltar. Tambores de guerra

Resulta significativo, por muy ridículo que también sea, que los tambores de guerra vuelvan a sonar en Europa justo después del Brexit. Lo hacen contra la Unión, que ha abandonado su neutralidad en el contencioso gibraltareño en favor de las posiciones españolas, y lo hacen contra España, que no ha hecho más que tomar nota de la nueva posición del Reino Unido y obrar en consecuencia. Es posible que los tambores de guerra estén destinados sobre todo a los oídos de Theresa May, que nunca fue gran entusiasta del Brexit.

 

El brexitismo ha tropezado, nada más conocer su triunfo más rotundo, con tres problemas de envergadura. Uno es Irlanda, con la cuestión de la frontera entre la República e Irlanda del Norte que puede dar al traste con los delicados equilibrios entre nacionalismos enfrentados. Otro es Escocia, que puede llegar a separarse de Gran Bretaña de forma pacífica y legal, en cumplimiento de la Constitución británica. (En nuestro caso, también Cataluña lo podría hacer, pero por el momento, dejémoslo así, es una posibilidad exclusivamente teórica.) Y el otro es Gibraltar, que siempre tiene la virtud de irritar el patrioterismo británico por lo que tiene de recuerdo de añejas victorias sobre un país, el nuestro, que nunca ha dejado de ser visto con recelo. En vista de la complejidad irlandesa y la constitucionalidad del independentismo escocés, a los brexiters, portadores de la antorcha imperial, les queda Gibraltar y sus 30.000 leales. (Aunque sean europeístas: nadie es perfecto, qué vamos a hacer).

Este es sólo uno de los frentes que tiene que gestionar la primera ministra. Por otro lado están los entusiastas que equiparan la renovada independencia de Gran Bretaña con un proyecto libertario, siendo así que el Estado de bienestar británico es de los más antiguos, asentados y generosos del mundo, y Theresa May, por su parte, de quien está próxima no es precisamente del liberalismo anarcoide, sino del conservadurismo de tendencia social cristiana, a lo Merkel o Rajoy. Y por otro, como se ha dicho más de una vez, está la voluntad de volver a ser (ah, la nostalgia…) una gran potencia global aislándose de quien es su mejor mercado y un suministrador vital de mercancías, servicios y –por mucho que los europeos seamos criaturas un poco inferiores- mano de obra. Una perspectiva complicada, que los tambores de guerra gibraltareños contribuyen a amenizar.

 

La Razón, 04-04-17

   

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