Lugares sagrados

Fue en la cueva de Hira, en el monte Jabal Al-Nur cerca de la ciudad de La Meca, donde el Profeta Mahoma recibió las primeras revelaciones por medio del arcángel Gabriel. Fue el año 610 y el Profeta tenía 40 años. Estas primeras revelaciones conforman las llamadas suras mecanas del Corán. Son de una densidad teológica, de una intensidad expresiva y de una belleza especiales.

 

La cueva donde estas suras le fueron reveladas al Profeta se conserva en su estado original. Los fieles, particularmente los asiáticos, que sienten especial veneración por el lugar, suben hasta ahí por un sendero difícil, no muy bien acondicionado. Es de los escasos testimonios que van quedando del Profeta en la península arábiga. Probablemente, porque al no ser una construcción humana, no es fácil justificar su demolición.

En la misma Meca, la mayor parte de los edificios o recintos históricos que fueron testigos de la presencia del Profeta, de su familia o de sus compañeros ha sido arrasada. La casa natal de Mahoma fue destruida hace 70 años, a instancias de los clérigos. El mausoleo que señalaba la tumba de Jadiya, la primera mujer del Profeta y la primera persona en aceptar la fe musulmana, en el cementerio de Ŷannat al-Muʿallà fue destruido hace casi 90 años, como otros que recordaban las de los compañeros del Profeta. La casa de Jadiya y Dar al Arqam, la casa de uno de los compañeros de Mahoma y la primera escuela musulmana donde enseñó Mahoma fueron derribadas cuando se amplió la Gran Mezquita en torno a la Kaaba, en los años ochenta. El Castillo de Ajyad, de finales del siglo XVIII, fue arrasado para dejar paso al complejo Abraj Al Bait. La propia Gran Mezquita está sujeta a reformas en profundidad. También ha habido demoliciones en la ciudad santa de Medina, otro de los lugares santos del islam, que alberga la tumba del Profeta.

Todo esto ha ocurrido bajo el mandato de la familia saudí que, como gobernantes del país, tienen el mandato de ser los guardianes de los lugares santos del islam.

Como es bien sabido la peregrinación a La Meca o Hajj es una de las obligaciones de todo musulmán que tenga los medios para hacerla, uno de los llamados cinco pilares del islam. Sólo durante el mes de la Peregrinación, la ciudad ha venido recibiendo en los últimos años cerca de tres millones de fieles, una cifra que descendió el último año por temor a la infección de MERS-CoV. La presión que se ejerce sobre La Meca (con menos de dos millones de habitantes) y Medina (con un 1.200.000) justifica por tanto –por razones sanitarias, de seguridad y de comodidad- la puesta en marcha de grandes reformas urbanísticas y de obras públicas como las que se han venido realizando.

Nada de eso tenía por qué llevar a la desaparición del patrimonio histórico que se ha realizado, ni a su sustitución por otros edificios o servicios. A pocos metros de la Kaaba, el lugar más sagrado del mundo, y justo encima, se alza una de las construcciones más gigantescas del mundo, el complejo Abraj Al Bait, con un hotel y una torre con un reloj descomunal.

¿Por qué una cultura tan conservadora como la musulmana permite que se acabe con buena parte de restos que cualquier otra religión consideraría sagrados? Aparte de la poca sensibilidad histórica que han demostrado muchos de los dirigentes políticos musulmanes y el hecho de que parte de estos restos, como el Castillo de Ajyad, eran de construcción otomana, una de las claves está en la negativa islámica a considerar sagrado cualquier cosa que no sea el propio Dios. Este principio fundamental, que hace del islam una religión fascinante, puede desembocar en actitudes de iconoclastia absoluta. Llevan a plantear la necesidad de hacer desaparecer no ya cualquier representación humana, sino también cualquier resto que pueda desviar la atención del creyente de la idea de Dios y conducirle así a la idolatría.

Es lo que sostiene el wahhabismo, la corriente islámica particularmente fanática en vigor en Arabia desde que reina la familia saudí: la ideología saudí, en otras palabras. La destrucción de los restos del paso del Profeta, su familia y sus compañeros, y su sustitución por palacios, hoteles de lujo y centros comerciales, que han llevado a hablar de La Meca como una nueva Las Vegas, deben por tanto relacionarse con esta vía infinitamente exigente. (También Roma fue llamada la nueva Babilonia, pero los reformadores que buscaban la pureza, en aquel caso, habían dejado de ser miembros de la Iglesia católica.)

La destrucción de restos históricos en los lugares sagrados de Arabia Saudí ha venido siendo denunciada desde principios de siglo por algunas personas y organizaciones –pocas-, sin que haya tenido efecto. No se conocen todas las destrucciones que estarán realizando terroristas fundamentalistas como los del EIIL en Siria y en Irak. Cuando se oiga hablar de estos actos de vandalismo, como los ocurridos en Mali, se sabrá por dónde buscar el origen de casi todo.

 El Medio, 30-06-14

 

   

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