La gran revuelta populista. Trump y los republicanos

Tras la victoria electoral de Donald Trump en las elecciones del pasado 8 de noviembre, la empresa Carrier, un fabricante bien conocido de aparatos de aire acondicionado, decidió no trasladar parte de su planta de producción de Indiana (que ha perdido unos 200.000 empleos industriales desde 2000) a México. Aún más comentarios, y aún más críticas, suscitó la conversación del Presidente electo con Tsai Ing-wen, Presidenta de Taiwán, que venía a interrumpir muchos años de equilibrios entre China (continental) y Estados Unidos para salvaguardar al mismo tiempo la posición de la potencia asiática y la presencia de hecho de la isla en la escena internacional, aunque sea sin reconocimiento oficial.

 

En el primer caso, tal vez empezaron a aparecer los efectos de lo que se ha llamado “nacionalismo económico”. Es el primer indicio del cumplimiento de la promesa que Trump hizo a sus electores para volver a hacer de Estados Unidos una economía atractiva para las inversiones industriales –una obsesión del nuevo Presidente. En el segundo, lo que se pone en juego, aparte de la ruptura con las reglas vigentes entre los profesionales de las relaciones exteriores y del Departamento de Estado, es la voluntad de participar en la escena internacional como un actor nacional y no como garante del orden mundial. En los dos casos, Trump parece adelantar una posición en la que la defensa de los intereses nacionales prima sobre la perspectiva (supuestamente) universal, tan característica de la misión que el excepcionalismo norteamericano asigna a su propio país.

Obama iba a instaurar un nuevo excepcionalismo, con un país más volcado en su interior. En realidad era una suerte de normalización, que consistía en que Estados Unidos dejara de jugar el papel de potencia altruista, benévola, dispuesta por naturaleza a la defensa de la libertad y la democracia en el mundo. Es posible que quien lleve a cabo esa normalización, por seguir con el vocablo, sea Donald Trump. (…)

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